Teatro como en el teatro

21 Abr

Cada fin de semana nos reuniamos toda la familia frente al televisor que ofrecía tan sólo tres canales para escoger entretenimiento y mi madre elegía siempre la comedia teatral de José “Pepe” Vilar. Eran los 70 y los últimos días del segundo gobierno militar encabezado por Morales Bermúdez.

Una vez que empezaba el programa, nos enganchábamos de tal forma, que permaneciamos sentados hasta al final del acto (propaganda),  momento aprovechado para tomar algo en el intermedio: champú, leche caliente. cocoa o té con algún postre, que mi madre siempre atenta, preparaba. Sin duda, esta combinación de televisión, teatro y calor de hogar era de lo mejor. Placenteros momentos que le debo a ella y al actor de teatro.

Pepe Vilar

Así conocí a Pepe Vilar, un hombre que usó la televisión para llevar a millones de personas su arte. Imponía con buen timbre su humor verbal, usando la ironía, el sarcasmo, la alusión, el juego de palabras, la parodia y otras no verbales como sus gestos y postura. Derrochaba genio y talento. Su comicidad, siguiendo los textos de Alfonso Paso Gil, llevó siempre mensajes positivos que influyeron en el estado de ánimo de las personas, así los problemas y preocupaciones quedaban atrás, al menos por unos instantes, pero el recuerdo de haber presenciado una buena obra, se impregnaba en el alma.

Llega a mi mente su interpretación del cura del pueblo que renegaba del escultor que usó como insumo el fierro para representar a “San Antonio”. Además de moderna resultó milagrosa la escultura al que Vilar llamaba “bicicleta”. O en el “señor de Murcia” donde es seducido por una joven francesa que lo vuelve loco, o como jefe de familia en “casado casa quiere” de una bondadosa esposa,  cuñado haragán,  entrometido suegro, una sobrina y tonto hijo que finalmente “amplian” la familia llevando a sus parejas a la casa ya tugurizada y para colmo recibieron varias veces la visita de la cigüeña.

José Vilar nació en Asturias (España) en 1933, en los 60 se nacionalizó peruano y Lima fue el lugar donde desarrolló la mayor parte de su carrera artística. También fue famoso en Chile, donde realizó varias obras. Prefiero no nombrar a los actores o actrices que formó Vilar o que estuvieron en su elenco, porque fueron muchos (españoles, chilenos y peruanos), y podría injustamente olvidar a alguno.  Su labor y pasión por el teatro, significó una fuente de trabajo y rica experiencia para muchos artistas que luego realizarían sus propias producciones.

Pepe Vilar murió en Lima, víctima de cáncer al pulmón en agosto de 1985. Era un fumador empedernido, esa costumbre desató su mal. Un año antes, en una entrevista de la televisión chilena sorprendió a todos cuando en vivo confesóestoy por morirme, les agradezco mucho que me hayan seguido, todo lo he hecho por ustedes, mi público… no me olviden nunca“.

En el año de su deceso, como homenaje se repitieron varias de sus obras en la televisión, sin embargo, él maestro merecía más que eso. Por eso, la presentación de un busto en su honor en el Museo Municipal de Teatro en Lima, es un reconocimiento a su aporte en la historia del teatro peruano.  A 30 años de su desaparición un aplauso más por la memoria de este ilustre personaje.

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Busto de José Vilar esculpido por el español Eduardo Gastelú Macho en el año 1970, cuando el actor contaba con 37 años de edad. Se exhibe en el Museo Municipal de Teatro en Lima. Foto: José Abad.

Lima, 21 de abril de 2015.

Video de una parte de la obra “Este Cura” con Pepe Vilar.

Las viejitas

30 Oct colegiobelen_artem

Al terminar el mes de marzo de 1940, Rosalba con cinco años de edad ya experimentaba una etapa de inestabilidad por sus continuos cambios de residencia.  Después de vivir con sus padres en el naciente Barrio Obrero de Caquetá, fue acogida con cariño por su madrina en el barrio de Monserrate, ante la súbita  enfermedad de su madre.

El cáncer sumado a procedimientos negligentes en el hospital, cegaron la vida de su progenitora, viviendo el período más triste y duro de su existencia.  Rosalba fue llevada por su bisabuela Leonidas  a distintos lugares como servidumbre y siempre alejada de los suyos.  Finalmente,  al cumplir siete años de edad, fue presentada ante dos señoras ancianas, en el segundo piso de una casa de estilo colonial  en la intersección de los jirones Ica y Cailloma, en el centro de Lima.

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En junio de 1861 José Mercedes Avilés de 29 años  y sus tres hermanos despedían los restos de su padre Pedro Avilés  en el Cementerio Presbítero Matías Maestro.  Apenas once días antes, su madre Antonia Grande, había sido enterrada en el mismo lugar.  Era el momento de tomar nuevos rumbos y formar cada uno su propia familia.  Más importante que una herencia, el legado de sus padres para José Mercedes fue la de contar con una educación esmerada y estudios de leyes en la universidad, que le permitieron trabajar como relator de la Corte Suprema 1/, lugar donde hizo buenos amigos, al punto de participar en la fundación de una logia masónica a la que asistía el célebre escritor Ricardo Palma.  Luego, ingresaría en el Ministerio de Relaciones Exteriores como oficial interino del Jefe de Sección Ultramar. En enero de 1863 se casó con Ignacia Coello León y fijó su residencia en la segunda cuadra de Ica número ochenta y dos, donde finalmente instala su estudio de abogado 2/.

José Mercedes e Ignacia tuvieron tres hijos en matrimonio: Laura (1864) 3/, Hortencia (1870) y Alberto Félix (1876).  Teniendo en cuenta que ellos provenian de una noble estirpe entroncada con los ilustres linajes de Asturias y Portugal, el padre no escatimaba en gastos para la educación de sus hijos.  Las hermanas Avilés Coello fueron inscritas en el Colegio Sagrado Corazón de Belén, que se consideraba como uno de los centros para señoritas de mayor prestigio en Lima.  Era el primer  instituto de enseñanza escolar, de orientación y corte moderno en la República. Su fama era tal que las familias de clase alta, hijas de ministros y presidentes solicitaban vacantes allí.  

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Pensionado del Sagrado Corazón de Belèn en Lima. En este colegio estudiaron las hermanas  Laura y Hortencia Avilés Coello. Fuente: Internet – Lima de Siempre en Skyscrapercity.com.

Las instructoras eran religiosas francesas, por eso el colegio destacaba en la enseñanza del francés como segundo idioma,  que era el símbolo de cultura y de humanismo en toda América Latina 4 / . Durante los años de ocupación del ejército chileno en Lima, la educación de las adolescentes no fue afectada, teniendo en cuenta que fue precisamente la religiosa Eugenia Paget, maestra principal del Colegio Belén la que intercedió ante el Almirante francés Petit Thouars la salvación de la ciudad, amenazada de incendio y saqueo después de los sucesos de Chorrillos.  La probable intervención de la flota europea en el Callao al mando del Almirante hizo desistir al invasor de causar similares desmanes.

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Sala de dibujo del Colegio Belén en Lima. Laura Avilés Coello destacaba en diseño y dibujo. Fuente: Internet – Lima de Siempre en Skyscrapercity.com

Alberto Félix además de una buena preparación escolar, realizó estudios universitarios en Teología y Letras.

Laura Avilés Coello,  se casó con su primo hermano Pedro Aurelio de Castañeda Coello, cuya familia era dueña de una hacienda en la provincia de Jauja, Junín. Fueron pocos sus días de convivencia y felicidad, ya que su esposo contrajo la influenza y tras seis días de enfermedad, murió el 31 de agosto de 1892 a los 27 años de edad.  Laura enviudó sin experimentar la maternidad. Hortencia Avilés por su parte. siendo soltera,  residiría junto con su hermana en la casa de sus padres.  

El año 1895 fue en general, muy difícil no sólo para la familia sino para todo el país.  En febrero muere su tío paterno Francisco Avilés también de influenza y en marzo se desata la lucha entre los civilistas, representados por Nicolás de Piérola y los militaristas, que gobernaban el país, bajo la presidencia de Andrés Avelino Cáceres.   Los enfrentamientos más encarnizados (cerca de dos mil muertos) se realizaron a una cuadra de la casa de los Avilés Coello que estaban aterrorizados, e incluso una bala de cañón cayó sobre la torre de la Iglesia San Agustín, en la misma calle donde residian.  En esta batalla sería herido gravemente su primo Guillermo Avilés, muy querido por la familia, quien murió después de dos semanas de agonía.

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Hermanos Avilés Coello. Fotografías de Hortencia en 1892 y Alberto Félix en 1899. Fuente: Archivo Courret – Biblioteca Nacional del Perú.

A principios del siglo XX los Avilés Coello ya habían perdido a sus padres y años después  fallecería Alberto Félix. Quedarian en la casa familiar solo las dos hermanas Laura y Hortencia.

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Aquel día de verano de 1942,  Leonidas tomando de la mano a su bisnieta Rosalba conversaba de pie, en la sala de aquella casa, con las dos ancianas.  Hortencia de setenta y un años  explicaba que probarían como se comportaba la niña, mientras que Laura, postrada en una silla de ruedas escuchaba atentamente.  Leonidas agradeció a las señoras y aseguró que Rosalba cumpliría bien las labores domésticas, además aclaró que era ella la única persona responsable de la pequeña y ningún familiar estaba autorizado para llevársela a pasear o reclamarla.

En esos tiempos, el trabajo infantil era todavía aceptado socialmente. Según el Censo de Población de 1940, en Lima trabajaban 10 mil 179 niños y adolescentes de 6 a 14 años de edad, que representaba el 3,2% del total de la Población Económicamente Activa. De estos chicos, 4 mil 903 eran mujeres, y de este grupo el 59% se dedicaban al servicio doméstico.  Generalmente los niños  provenian del ande y formaban parte de familias en extrema pobreza, analfabetos y carentes de los servicios de salud o cualquier otro servicio estatal.  En Lima, eran explotados sin pago alguno y tampoco accedían  a la educación. Muchos de ellos desconocían los utensilios o muebles que debían manipular o limpiar, porque nunca habían tenido contacto con ellos.  Su piel cobriza y la dificultad para hablar el castellano revelaba su origen y esto constituía ya un factor de discriminación.  Esta situación implicaba un lento proceso de adaptación.

El caso de Rosalba era diferente, ella sabía leer y escribir perfectamente, conocía bien las operaciones matemáticas y sus padres eran trabajadores en el sector moderno de la economía, con sentido crítico y participantes en la política nacional e incluso vestían conforme a la moda imperante.  Nacida en el área urbana, hablaba correctamente el castellano y conocía bien los muebles y enseres de las viviendas de aquellos años.

La limpieza de la casa, el planchado y dejar todo en orden constituían las tareas diarias de la niña. Complicado era el aseo diario de la señora Laura y asistirla en sus necesidades sanitarias.   Rosalba era despertada en la madrugada para cumplir tal objetivo.  La anciana paralítica de setenta y siete años estaba casi siempre de mal humor y renegaba por la poca habilidad de la niña de siete años para asistirla con prontitud.

Hortencia, mantenía la distancia con la niña, hablándole – con autoridad y frialdad – sólo lo necesario para el desarrollo de sus labores, sin evidenciar sentimientos de ninguna clase y menos afectividad.  Aquellas ancianas jamás la felicitaron, entregaron alguna propina u obsequio o regalaron una sonrisa. Durante todo el tiempo que la niña permaneció allí sólo le permitieron dormir con un viejo muñeco sin pelo “Pepe”, que Rosalba encontró en un rincón de la casa.

Aquellas dos ancianas mostraban sólo su inconformidad con las labores realizadas por la niña y esperaban a Leonidas para reclamarle sobre su comportamiento. La niña tenía instrucciones precisas para vivir en aquella casona: le estaba prohibido reir, correr, saltar y hablar en voz alta, mucho menos jugar.  Hortencia le advertía:

“Cuando te hablen, quédate quieta, no muevas tus manos y siempre mira a la persona que te hable.
Nunca permitas que tu voz sea oída, a no ser que te hayan preguntado algo que necesite una respuesta.
Siempre responde cuando recibas una orden, y usa siempre el adjetivo:  Señora o Señorita según sea el caso.
Nunca des tu opinión.
Si recibimos a algún visitante, jamás converses con él o ella.
Las amistades están prohibidas.  No debes confraternizar con nadie.”

Cuando Leonidas llegaba, Rosalba con entusiasmo pensaba que por fin la llevaría consigo al lado de sus hermanas.   Su bisabuela enérgica sin saludarla le increpaba:

¿Por qué no haces lo que se te dice?  mientras la azotaba con un látigo que traía especialmente para “corregir” a la menor.
¡Qué más quieres!,  ¿dónde crees que vas a estar mejor?, ¿por qué no les haces caso a las señoras? ¿ah? y seguía con dureza dejando marcas en la piel de la niña que lloraba amargamente.

Las hermanas Avilés Coello con el sufrimiento de la menor quedaban satisfechas. Esta escena se repitió todas las veces que Leonidas visitaba a las ancianas, por ello la niña asimiló que su visita periódica era sólo sinónimo de castigo, sin saber siquiera qué había hecho mal.

Hay que entender que Leonidas fue trágicamente golpeada por la vida, en menos de una década vio morir a su única hija y nieta.  Siempre conservadora, se dedicaba al planchado, cocina y era muy devota del Señor de los Milagros.  A pesar de su edad, trabajaba a sol y sombra para sostener a Celinda y Teresa, sus bisnietas menores. Ella pensaba que protegía a Rosalba entregándola a aquellas ancianas de familia distinguida, donde no le faltaría alimentos y estaba segura aprendería algo bueno de ellas.  No confiaba en la joven madrina que ni siquiera había formado un hogar propio, por tanto no garantizaba la integridad física de la niña, ya que la llevaba a partidos de voleibol o a paseos con el novio, peor aún, pasaba gran tiempo del día trabajando en la fábrica y tenía hermanos que vivian en la misma casa con la pequeña.

 Pero Leonidas se equivocaba, porque Rosalba en aquel lugar, no sólo perdió el cariño de un hogar y su asistencia a la escuela, sino que aquellas ancianas jamás le enseñaron nada y tampoco le permitían distraerse con ninguna lectura, arte, música, ni entablaban alguna conversación que le sirviese de experiencia de vida.   Las ancianas en todas sus acciones, la trataban como un ser que no merecía ninguna consideración o atención. Ni siquiera le compraban vestimenta adecuada, a tal punto que Hortencia prefería coser ella misma y en forma rudimentaria la ropa interior de la menor. Hasta en su baño diario, Rosalba debía usar un tonel de madera rodeado de cinchos de hierro donde lavaban la ropa en vez de la bañera o tina de hierro cubierta de porcelana del baño principal.

Rosalba no solo había sido separada de sus familiares directos, sino también estaba aislada e incomunicada.  En los años que sirvió en esa casa, sólo salió los días que acompañaba a Hortencia a la Iglesia de San Agustín, situada en la misma calle, a unos metros de la vivienda.  En el período de su encierro recibió dos únicas visitas de su padre, Víctor Oswaldo, que la dejó muy ansiosa, porque sabía que él podría haberla salvado de ese suplicio. En ambas ocasiones, las ancianas frente a él, escucharon cada palabra que padre e hija intercambiaron acerca de la familia.  Estaban de pie, porque el uso de los muebles de la sala se reservaban sólo para las visitas de las señoras.

La administración de la casa estaba a cargo de Hortencia, quien se encargaba de los gastos y contratar cualquier servicio adicional que hiciera falta.  A Laura de vez en cuando le solicitaban la elaboración de diseños o dibujos para bordados, que elaboraba con mucha destreza.   Las Avilés Coello recibían también numerosas suscripciones de revistas y diarios que daban cuenta de los sucesos de la Segunda Guerra Mundial. Rosalba muchas veces leía a escondidas estos ejemplares cuando caía la noche. 

Muy pocas eran las visitas a la casa, Rosalba recordaría en especial la de Jorge Basadre, que se desempeñaba como director de la Biblioteca Nacional del Perú, que estaba en reconstrucción después que sufriera un incendio en 1943.  Algunas veces las ancianas conversaban delante de Rosalba en francés, sin que ella pudiera entender nada de lo que hablaban.

Nueve años estuvo Rosalba, mirando la misma calle desde una ventana del viejo balcón colonial. Las “viejitas”, como las llamó posterioremente para recordar esa parte de su pasado, ya presentaban algunos achaques, pero no perdieron la arrogancia y, soberbia, e incluso Laura, era ya hasta insolente con la adolescente.   Rosalba, instruída perfectamente para su servicio, era ya una muchacha fuerte, que había cumplido los dieciseis años de edad.

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La casa de los Avilés Coello en las intersecciones de la Calle San Agustín y la Calle Argandoña.
Foto: José Abad.

Un día, ellas le mencionaron que debía ya pensar en casarse y quien la pretendía era un jardinero, gasfitero, que bordeaba los ochenta años de edad. El anciano de vez en cuando era contratado para algún servicio en la casa y cuando llegaba subía las escaleras con gran dificultad.  Rosalba, ya lo había decidido, aunque jamás bromeaban no sabía si aquello era una burla, pero si que era el momento de partir.

– Señora Laura, Señorita Hortencia, he decidido irme.  Como ven las he servido ya bastante tiempo y creo que debo realizar otras labores.
– Puedes ya retirarte de esta casa“, contestó Hortencia secamente. Las ancianas quedaron sorprendidas pero no creyeron que realmente  partiría. Rosalba agradeció a ambas y se fue apenas cargando a su muñeco Pepe.

Rosalba caminaba de nuevo por la calle,  no tenía nada material, pero sí algo más valioso, su emancipación.  Le habían robado su niñez pero por fin retomaria su vida, vería a su madrina y a sus hermanos, trabajaría en cualquier lugar con el que pagaría un alquiler y continuaría sus estudios. Estaba temerosa porque no sabía donde dormiría aquella noche, pero entusiasmada por los nuevos aires que le daba la vida.

Las “viejitas” cuando se percataron que efectivamente Rosalba no regresaría, se preocuparon.  Necesitaban a alguien de confianza que la sustituyera. Esos días  de 1951, fueron un infierno para ellas, no sólo necesitaban su servicio sino que, aunque les costaba reconocerlo, la extrañaban. La buscaron pero no la hallaron. A Leonidas tampoco la habían visto desde hacía buen tiempo.

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Rosalba, un año después de dejar la casa de las “viejitas”.

Cuatro meses después, Rosalba, que ya trabajaba en los Laboratorios Remy, fue avisada que aquellas viejitas querían conversar con ella.  Cuando llegó a la casa, Laura movió su silla de ruedas y abrió los ojos emocionada, estaba a punto de llorar pero se contuvo:

¿Cómo estás Rosalba?
– Bien señora Laura, me dijeron que había un asunto pendiente.

– Si, pero ya no importa.
– ¿Como está la señorita Hortencia?
– Ella murió, sus ojos se empañaron y nuevamente mantuvo la ecuanimidad.
– Lo siento, señora Laura, ¿me puede decir donde fue enterrada?
– En el Presbitero Maestro,  y entregó un papel anotando el lugar de la sepultura.

En la casa, habían personas desconocidas para Rosalba, ninguna era familiar de la señora, eran amistades que se habían hecho cargo de la anciana, que lucía diferente y nada malhumorada, como acostumbraba tratarla.

– ¿Se siente bien señora Laura?
– Si, ya necesito descansar,
y nuevamente parecía quebrarse pero contenía sus sentimientos, por ello quería terminar la conversación.
– Si señora Laura, la dejo para que descanse, me despido. 

Esa frialdad y distancia que le había sido inculcada a Rosalba en aquella casa había dado por fin, sus resultados.  Ya en la calle, no pudo evitar el llanto, fue la última vez que veria a la anciana.

Laura Avilés Coello murió poco tiempo después y con ella terminó la descendencia de sus padres.


1/ Miguel Atanasio Fuentes – Guia del Viajero

2/ La partida de nacimiento de Alberto Félix Avilés Coello en 1876, muestra la ocupación y dirección de su padre José Mercedes Avilés.  De igual forma el Censo Municipal de 1866 realizado en la ciudad de Lima, muestra la dirección y profesión del padre de familia, quien vivía con su esposa Ignacia Coello, su hija Laura, su hermana Paula y una tía materna.

3/ No siendo posible contar con el registro de nacimiento de Laura Avilés Coello, se estimó su edad, a través del registro del Censo Municipal de 1866, ejecutado en la ciudad de Lima entre febrero y marzo de 1866. El empadronador anota la edad de la infante: 1 año, 4 meses y 6 días. 

4/ La iglesia en el Perú: su historia social desde la independencia – Jeffrey L. Klaiber

La madrina

29 Ago

El bautismo es el sacramento del cristianismo como símbolo de purificación, de nacimiento a la vida bajo los preceptos de la Iglesia.  Son los padres con la ayuda de los padrinos quienes deben garantizar que el nuevo cristiano esté educado  en el sentido humano del amor y el trabajo.   Por eso, ante la ausencia de éstos,  los padrinos están obligados moralmente a reemplazarlos, y en especial la madrina, porque como mujer y corazón del hogar, debe asumir la formación del menor en un ambiente familiar cristiano.

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Irma Romero Zegarra (1915-2009), la madrina de Rosalba Altamirano.

En 1934, María Teresa Urbina de 23 años, eligió a Irma Romero como madrina de su primera hija, a quien bautizó como Rosalba, en memoria de su fallecida madre.  Irma no sólo era su amiga, ella había cubierto en parte el inmenso vacío que dejó su progenitora, como compañera, confidente, consejera y testigo de sus vivencias.  

En 1940  María Teresa enfermó y vio morir a su último vástago (Neptalí).   En ese estado,  tuvo que suspender sus labores en la fábrica textil y recibir tratamiento especializado. En el hogar, valioso era el apoyo de su abuela Leonidas, aunque insuficiente para la atención de sus cuatro hijos.

Mientras durase el tratamiento,  Rosalba con 5 años de edad se quedaría con su madrina, quien vivía con su madre y hermanos en el Centro de Lima. María Teresa estaba más que agradecida con su entrañable amiga.

Irma Luisa Romero Zegarra, provenía de una familia limeña.  Nació el 8 de octubre de 1915 en la calle San Martín 153.  Sus padres fueron  Ricardo Cipriano Romero y Rosa Elvira Zegarra. Realizó sus estudios en Lima y empezó desde muy joven a trabajar en la empresa Manufactura de Tejidos de Lana del Pacífico. Era alegre, risueña y muy buena jugadora de voleibol.

La pequeña Rosalba fue recibida con cariño en el hogar familiar de los Romero Zegarra. “Mamita Elvira“, como solía llamar  la niña a la madre de Irma,   la acogió con amor, como si fuera su nieta de sangre.  Había enviudado y sus hijos ya eran mayores de edad, por eso la llegada de Rosalba significaba revivir la experiencia de crianza y disfrutar de la ternura de la niña en el hogar.  Las dos de la mano se iban a todas partes y casi a diario al mercado de abastos.

Cuando ocurrió el terremoto de 1940 en Lima, Rosalba y su mamita Elvira salieron de inmediato fuera de la casa, mientras que Irma laboraba en la fábrica. Aquel devastador sismo le causó un trauma que nunca pudo superar,  a partir de ese día entraría en pánico cada vez que sobrevenía un temblor.

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El terremoto del 24 de mayo de 1940 traumó a Irma Romero. (Imagen tomada del blog Lima la Única, http://limalaunica.blogspot.com/2010/06/el-terremoto-de-1940.html)

Irma inscribió a su ahijada en el colegio,  para que  aprendiese sus primeras letras.   Algunos días, iban juntas a sus prácticas de voleibol o a intensos partidos que disputaba su  equipo.  Los fines de semana, Irma salía a pasear con su novio, César Torres y más de una vez la niña Rosalba los acompañaría, especialmente resultarían inolvidables para ella las visitas a los baños de Barranco y Chorrillos.

Sin embargo, Rosalba no era una niña feliz, echaba de menos a su mamá y hermanos. Extrañaba los juegos con  su hermana Teresa y los bebes.  En aquellos días Ana Celinda de dos años era una muñeca siempre contenta y Jesús Alfredo intentaba dar ya sus primeros pasos.  Rosalba sabía que su madre estaba enferma pero desconocía la gravedad de la situación. Cuando su bisabuela Leonidas la llevaba al Hospital Arzobispo Loayza junto con Teresa (4 años), sólo le permitían verla a unos diez metros de distancia.  La saludaban y su madre sonreía mientras que sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Después de la muerte de María Teresa, acaecida el 21 de octubre de 1941, los días para la niña serían muy tristes.  Su bisabuela Leonidas reclamó a Rosalba que acababa de cumplir siete años, y la entregó a una casa de familia en Chucuito, Callao, para que ayudara en los quehaceres domésticos.  Rosalba pasaba horas sentada frente al mar. La señora la veía muy pequeña para que la sirviese. Leonidas la llevó entonces a la casa de dos ancianas en el Centro de Lima, realizaría allí desde labores de limpieza hasta la asistencia en sus necesidades sanitarias. Había que añadir a la tristeza de la niña, la dureza de las tareas, el aislamiento total y la pérdida de sus estudios. Permanecería allí casi una década.

Demás está decir, la discusión de la joven madrina de 26 años con Leonidas, la bisabuela de Rosalba. La ley establece que ante la ausencia de los padres los ascendientes del menor tienen la patria potestad.

En los cincuenta, Irma Romero, ya estaba casada con César Torres y tuvieron descendencia.  Rosalba se casaría a fines de esa década y nunca más dejarían de reunirse, madrina y ahijada.    Los lazos entre ellas eran irrompibles, no eran de sangre, pero provenían de un sacramento ante el altar.

La casa donde habitaba Doña Irma con su familia se ubicaba en la primera cuadra del jirón Angaraes. Este inmueble era parte del patrimonio histórico de Lima, contaba con escaleras de mármol que daban a un segundo piso, desde donde se sentía el estruendo de los trenes que partían o llegaban a la Estación de Monserrate. Desde el balcón, Doña Irma llamaba a sus hijos que jugaban en la calle, décadas después haría lo mismo con sus nietos.

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Ubicación de la casa donde vivió Irma Romero, en el barrio de Monserrate, en Lima.

Los hijos de Rosalba querían también entrañablemente a Doña Irma, sus visitas a la casa de Breña eran siempre bienvenidas. Escuchaban embelesados las anécdotas familiares, del barrio de Monserrate,  que eran contadas magistralmente por ella.  Los principales personajes de sus historias: la Chola, el Chino, el Negro, el Chiquitín, Lalo eran casi legendarios para ellos. Doña Irma relataba sus vivencias con tanto donaire, que era un gusto escucharla durante horas.  Aunque relatara la misma historia por centésima vez, la revestía con algo nuevo, acompañada de una expresión enérgica, dulce, severa o graciosa.

Al inicio de este siglo, las visitas fueron más esporádicas y emotivas.  A pesar de su edad y complicaciones cardiacas, Doña Irma encontraría siempre la forma de ver a su ahijada.  Algo especial tenía esa bendita anciana que hasta los perros bravos se acurrucaban en su regazo, sin conocerla.

El 27 de octubre de 2009 murió Doña Irma, en vida no sólo cumplió con creces su función de Madrina entregando amor y alegría a Rosalba, su ahijada, sino también a sus hijos, que la sentían como la abuela materna que nunca conocieron. 

Este es un homenaje para ella, aunque ya no volvamos a verla, ni  escuchar su voz, ni abrazarla, siempre podremos cerrar los ojos para recordarla y decirle desde nuestro corazón que la echamos de menos.

Lima, 29 de agosto de 2014.

¿No es una cabra?

7 Ago

Era diciembre de 1940, Pedro cumpliría siete años y era el niño más feliz de Talara, porque  visitaría a su  “mamita”, su querida abuela materna que lo engreía y mimaba, disfrutaria de la sabrosa comida, bebería la leche de cabra, el queso, la natilla que tanto le gustaba y jugaría con sus primos en el campo.  Petronila, su madre, preparaba los bizcochos, frutas y otras encomiendas para llevar a su pueblo natal:  el caserío de Miraflores en el distrito de La Huaca, provincia de Paita.

Ya en el camión, Petronila miraba absorta el paisaje y rememoraba con nostalgia los años de su niñez en el campo, pero su cambio de expresión delataba también el recuerdo de la desolación, del desastre, cuando el diablo en persona se regodeó por La Huaca y sus caserios.  La  invasión violenta de las aguas del río Chira en toda la zona, destruyendo casas, matando personas y animales, las pestes, lluvias interminables, alimentaban aún más las creencias de la población en personajes diabólicos,  almas en pena, brujerias,  aparecidos,  etc.  No era para menos, entre 1925 y 1926, su pueblo fue arrasado completamente por el río 1/, huyendo los que pudieron salvarse a la parte alta del tablazo.

Petronila  viajaba en aquel camión con su esposo José Dolores y sus cinco hijos. Recordaba también aquel verano de 1927, cuando era una quinceañera y quedó prendada de él.  José Dolores tenía en ese entonces veintinueve años y  la  raptó de su casa una noche para que fuera su mujer por siempre.  Los enamorados atravesaron el campo sobre un piajeno, bajo la luz de la luna de Paita y se establecieron en la ciudad de Talara.

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Atardecer en el río Chira. Foto de Henry Cánova.

Cuando el vehículo motorizado se detuvo en al pueblo de Cerro Mocho, ya había allí una piara 2/ de burros esperándolos para continuar el camino hasta Miraflores. Pedro era el más entusiasta, iba cantando y bromeando de todo con sus hermanos.

– Mamá, ¿los perros cuidan la hacienda?
– No, hijo, ellos cuidan a otros animales. Para eso están los cocodrilos y lagartos que te “latiguean” con sus colas, si pasas por donde no se debe.
-¿Y te comen?
– No, sólo te latiguean como cuando yo te doy con el cabresto 3/  por malcriado. ¿quieres hacer la prueba?.
– Noooo.

El churre 4/ ya los había visto antes y sabía como huir de ellos, corrian rápido de frente pero bastaba cambiar de dirección para esquivarlos.

Después de varias horas de cruzar campos de cultivo, algarrobos y atravesar el rio, llegaron al caserío de Miraflores, siendo recibidos por la familia.  Allí estaba sonriendo Doña María del Carmenes, trigueña, de cabello negro y delgada, llevaba un vestido hasta los tobillos y el cabresto en la mano, casi nunca se separaba de él.   La viruela le había causado ceguera, sin embargo ésta pasaba inadvertida porque desarrollaba sus tareas domésticas y del campo como cualquier vidente.  Su marido, Don Juan José, con quien tuvo nueve hijos, ya había fallecido para ese tiempo.

-¡Mamita, mamita….!, Pedro saltando de alegría la abrazó.
– A ver dime, ¿te ha pegado tu mamá? seguro que sí, dime, cuéntame…
– Si mamita, mi mamá me da duro siempre…

Ni bien Pedro, había terminado la frase, cuando enérgica soltó dos cabrestazos sobre el cuerpo de  Petronila, que solo atinó a mirar a su hijo acusador.

– Mamita, mamita me está amenazando mi mamá…
– ¿Qué? Si te hace algo, ¡ya no vuelves a Talara!.

Pedro estaba por fin con su protectora, su querida abuela chocha y consentidora. Tenía ahora carta blanca para sus travesuras.  Por eso no quería irse y varias veces sería el único de la familia  que se quedaría por semanas en ese lugar. Estaba en el paraíso.

El desayuno y la comida era lo más delicioso para él, bebía en un mate 5/ la leche de cabra y cada día era menester sacrificar algún animal de la granja para el almuerzo, que combinaban con yuca, cebolla, camote, menestras, plátano, culantro  y condimentos.  Por algo, la preparación y sazón de los platos en esta región ha contribuido enormemente a la rica gastronomía peruana.

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Ganado caprino en Piura.

En el campo, Pedro jugaba con su hermano y primos,  era un churre  salvaje, esperaba que las abejas abandonaran su panal, y se comía la miel, con todo y larvas. Molestaba a los chivos o cabritos y observaba con envidia como éstos tomaban la leche de la madre.  No fastidiaba a  los chivatos porque apestaban y eran muy grandes.

Un día decidió conseguir la leche de la misma fuente y aprovechando que el animal estaba solo y mostraba complaciente sus ubres o tetillas, se prendió de allí para succionar la ansiada bebida.  Don Zacarías, su tio, que ingresaba al establo, paró su caballo en seco:

-¡Pero qué haces, carajo!
– Estoy mamando la leche a la cabra, tío

— ¡Esa no es la cabra, orejón, es la perra!

El churre mamón se había confundido con una perra negra, lanuda y grande que cuidaba el ganado. Todos reian cuando en las reuniones familiares se contaba esta anécdota del inquieto Pedro.

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Estatua de Rómuno y Remo amamantados por una loba. El churre mamón bebería la leche de una perra.

Cuatro meses después, en abril de 1941, moriría Doña María del Carmenes. Pedro no olvidaría jamás el llanto de las mujeres  durante los nueve días que duró el velorio,  entierro multitudinario y las noches de rezos. Ya sus visitas a Miraflores con su madre no serían las mismas, aunque le gustaba el campo y visitar a la familia, faltaba la compañía de aquella mujer que significó para él la felicidad total:  su adorada  “mamita”.

Lima, 7 de agosto de 2014.

1/ Se considera el primer “Mega Niño” del siglo XX, al fenómeno del Niño ocurrido entre 1925 y 1926 que comprendió toda la costa norte y parte de la costa central. Las consecuencias fueron catastróficas para las poblaciones del litoral. Grandes lluvias e inundaciones que provocaron pérdidas humanas, destruyeron la infraestructura regional y muchas viviendas. Millones de peces y aves marinas murieron por la elevación de la temperatura del mar.

2/ Manada o grupo de burros o mulas.

3/ “Cabresto” es un látigo para arrear las mulas.

4/ “Churre” es un regionalismo que significa niño o menor de edad.

5/ El mate es la corteza dura de la calabaza (Lagenaria vulgaris) que se usa como recipiente.

El churre fugitivo

18 Jul

Pedro tenía 12 años, estaba aburrido de la monotonía del campamento petrolero, observaba que los aviones iban y venían, pensaba que algún día podría partir en ellos y conocer nuevos lugares. Cuando avistaba aeronaves militares, se imaginaba tripulándolas. Si tuviera la edad requerida, sería el primer voluntario para enrolarse en la Aviación. Una noche de 1946,  contemplaba la inmensa luna, esa de la que todos hablaban en Paita.  Para él, la luna de Talara era mejor, mucho más radiante, redonda y luminosa.

A lo lejos escuchaba que su madre, Doña Petronila, lo llamaba, ya sabía que lo reprendería. Se le había hecho costumbre castigarlo.   Por “pata de perro” 1/ más de una vez, ella le pasó fuego por los pies, ni que decir de las cuerizas o latigazos por desobedecerla, llegar tarde o contestarle.   Escupía en la arena y le decía Si se seca antes que llegues con el mandado, ya sabes lo que te toca…”  Pedro corría como alma que lleva el diablo, compraba en la tienda, se daba tiempo para que le regalaran unos dulces, emprendía la carrera de regreso y llegaba con el corazón en la boca. “Te salvaste hijito, no se secó, le decía Doña Petronila blandiendo el cabresto 2/ con una mano y recibiendo con la otra los víveres.  Pedro tenía su mirada clavada en la arena, en una mezcla de asombro y satisfacción.  Años más tarde comprendería que  era imposible que cualquier líquido vertido en la arena, – con el intenso calor de la zona – no se evaporara al instante.

Ya no se divertía tanto jugando al trompo o a las bolitas, prefería el cine western y el fútbol.  Pedro era un defensa “machetero”, es decir que pegaba o derribaba al rival si este osaba enfilar al arco. Si pasa el jugador, se queda la pelota, pero ambos jamás… era su regla de oro. Al estilo romano, los churres 3/ obtenían su balón de la vejiga del toro, la inflaban a pulmón y la envolvían en trapos.  Jugaban descalzos en la arena, así  fortalecían las piernas y requerían  mayor esfuerzo en los saltos. Quizás por eso los talareños darían al Perú, los mejores jugadores de fútbol. 

Su equipo preferido era el Club Sport Blondel, por eso asistía a las prácticas de los jugadores aurinegros.  El mejor jugador en ese entonces era Humberto “Flecos” Ruesta, extraordinario portero del Blondel, que ponía alma, corazón y vida en la defensa de su equipo, principalmente cuando se enfrentaba a su eterno rival, el Liberal Sportivo.  Pedro, era su hincha.

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El arquero Humberto “Flecos” Ruesta en plena acción (1949). En esa década Pedro no se perdía ningún partido local del Sport Blondel de Talara.

La monotonía, era sólo una percepción, porque los tiempos que le tocó vivir al niño en aquella ciudad, fueron de constantes acontecimientos: los aprestos de guerra por el conflicto con el Ecuador y luego la incursión militar.  Pedro y su hermano José Ceferino corrían al lado de  la tropa peruana victoriosa que ingresaba a Talara en jeeps y camiones, regalando inmensas frutas, proveniente de las cosechas norteñas.

En medio de la Segunda Guerra Mundial eran frecuentes los apagones en la ciudad y la prohibición de encender lámparas,  ante la amenaza de un ataque aéreo nipón, que ya había dado muestras de su osadia en el Pacífico al bombardear el puerto de Pearl Harbor (Hawai-EEUU).  Siendo Talara, un centro petrolero explotado por la empresa International Petroleum Company (IPC), el gobierno estadounidense construyó allí una base aérea para proteger el recurso y garantizar su abastecimiento.  El pequeño Pedro oía el ruido de las sirenas de alerta y los motores de los aviones caza norteamericanos P47 que despegaban de la base y sobrevolaban el litoral.

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Vista del Puerto de Talara en 1947. Estudio Hollywood Ramos, Talara, Perú

Ya al término de la contienda mundial, Talara se transformaría al desarrollo. Se construirían más de dos mil viviendas, oficinas, colegios, el mercado, iglesia, una zona comercial, la refinería y otro aeropuerto para la ciudad.

Aquella noche de verano de 1946, Pedro planearía su fuga de Talara, teniendo como objetivo embarcarse para Panamá o Estados Unidos a través del puerto de Cabo Blanco, a pocos kilómetros del lugar.  Dejaría a su familia, la escuela y la ocupación que, Don José, su padre, esperaba darle.  El mismo labraría su futuro trabajando en el extranjero.  Las películas, revistas y su interacción con los gringos de la compañía petrolera, influyeron en su decisión, ya que representaban el modelo del éxito social.  Además, otros amigos mayores con los que jugaba fútbol, ya habían partido de esa forma.

 Todo el mundo hablaba de la caleta de Cabo Blanco, de los millonarios y celebridades que arribaban a sus costas para pescar los peces más grandes del mundo.  Historias fabulosas acerca de la abundancia de especies en el mar, como el Merlín Negro, el Pez Espada, el Pez Vela, el Tiburón Mako y otros ejemplares, atrajo a muchos extranjeros, principalmente norteamericanos.

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Cabo Blanco a mediados del siglo XX, era el lugar preferido para la pesca deportiva. Las especies de mayor tamaño confluían en aquel lugar. Pedro intentaría llegar a esta caleta.

El plan de Pedro era sencillo: el transporte que distribuía fruta se detenia en el mercado de Talara.  Por la tarde, cuando los choferes estuvieran almorzando, subiría a un camión y se escondería debajo de los asientos de madera o entre los cajones de  fruta.  Al llegar a Cabo Blanco, ofrecería sus servicios a las embarcaciones extranjeras o viajaría como polizonte.

Así lo hizo, arrancó el camión con el churre fugitivo, pero no arribó a Cabo Blanco. Pasó de largo la caleta y continuó hasta Tumbes.  Pedro recordó que uno de sus amigos, usando el mismo plan, terminó en el mercado de La Parada en Lima. Error de cálculo y de camión.  Pedro pasaría sin preocupaciones varios días en Tumbes: dormía plácidamente en las bancas de la Plaza de Armas, jugaba en las tómbolas, donde encontraría a muchos talareños con quienes había jugado pelota. La comida no le faltaba, pues la fruta abundaba en el lugar. Jamás salió del país.

Mientras tanto en Talara, doña Petronila desesperada lloraba la pérdida de su hijo y emprendia la búsqueda. Don José Dolores avisó a todos los comerciantes que le brindaran cualquier tipo de ayuda si lo veìan. Su hermano mayor, José Ceferino que estudiaba en Piura, revisaria los vehículos que arribaban a la capital del departamento.

Pedro, después de casi quince días regresó a su casa. A las 5 de la mañana se metió debajo de su vivienda cuyo piso estaba elevado del suelo .  Esperó que saliera su padre a trabajar, luego sus hermanas Petronila, Josefina, Juana y Mercedes con dirección a la escuela, sólo quedaba  doña Petronila, en casa. Entró a su cuarto sigilosamente y se ocultó debajo de la cama.  A las 10 de la mañana saludó a su madre. esperando lo moliera a palos.  Ella casi se desmaya del susto y  emocionada lo abrazó, besó  y lloró amargamente por largo rato.

Nunca más sería castigado.

1/ La expresión “pata de perro” se aplica a la persona que le gusta andar en la calle de un lado a otro.

2/ “Cabresto” es un látigo para arrear las mulas.

3/ “Churre” es un regionalismo que significa niño o menor de edad.

Lima, 18 de julio de 2014

 

Por los corridos de tropa

11 Jul

En diciembre de 1952 diecisiete voluntarios ingresaban a la Base de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) Capitán Víctor Montes Arias en la ciudad de Talara. Los “servidores de la patria”,  provenian de los distritos de Talara y El Alto, principalmente.

La ciudad de Talara fue un campamento petrolero, que luego vino a convertirse en una ciudad estratégica al norte del Perú. En esos años (1952) el petróleo era explotado por la empresa International Petroleum Company (IPC), que incluso poseia un aeródromo privado. En el lugar se instaló una base militar y aeropuerto administrado por la Fuerza Aérea del Perú, la cual tenía como función proteger el recurso y proceso de refinación de cualquier atentado o ataque externo. Hay que recordar que una década antes, había ocurrido la guerra con el Ecuador, país que reclamaba una gran extensión territorial.

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Ciudad de Talara, Piura, Perú. Swiss Foto “International Petroleum Co. Oil Centre”.

Los voluntarios serían ubicados en distintas áreas de la base, acorde a su experiencia técnica u oficio aprendido antes de su internamiento.  Durante el tiempo del servicio militar ellos podrían especializarse – aparte del uso de armas – como radiooperadores, mecànicos de aviación, auxiliares de oficina, etc, y acceder a los ascensos desde el grado de cabo hasta sargento segundo.

Los suboficiales de la aviación, que arribaban a la Base, provenian de Lima.  La mayoría de ellos actuaba con prepotencia con la tropa, propio de la costumbre militar.  Más tarde, los subordinados encontrarían una voz que los vengaría de sus verdugos.

En la aviación militar se editaba la revista “La Estela” que circulaba a nivel nacional, siendo el director un Técnico de Primera, que un día, escuchando los comentarios que realizaban un grupo de sargentos y cabos sobre las juergas y situaciones ridículas en las que caian algunos suboficiales, les ofreció una columna  en la revista,  para que escribieran aquellas anécdotas burlescas bajo el título “Por los corridos de tropa“.

Tenían que usar algún seudónimo, ya que las notas podían desatar la ira de algunos suboficiales con poco sentido del humor.  Decidieron entonces firmar la columna con la palabra “MAGO”, que era la unión de los apellidos de los cuatro militares:  Rolando Mackay, Pedro Abad, Santos Guerrero y Eduardo Olaya. El éxito de esta sección fue inmediato, todos comentaban y reian con las ocurrencias, chistes, destapes y hasta apodos o sobrenombres que les encajaban a los suboficiales.

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Personal de la Base Aérea Víctor Montes. El de la derecha es el Sargento segundo Pedro Abad Soto. Al fondo un avión caza de fabricación norteamericana, modelo P-47. Diciembre de 1954.

¿Quén será “el mago”?,  se preguntaban, pero ninguna sospecha recaia sobre los cuatro autores que tenían de vuelta y media a toda la aviación.   Pero, ¿quiénes eran realmente?.   Rolando Mackay Sánchez, era el “courrier” de la Base, realizaba tareas de oficina y era un excelente bailarin de mambo, el popular ritmo cubano.  El flaco marcaba un paso hacia adelante con el pie izquierdo y otro atrás con el derecho,  luego hacía el paso del cangrejo. Sus gestos, posición de brazos rígidos, cadera suelta y la velocidad con la que movía los pies con mucha energía, hacían de él todo un espectáculo. Precisamente en esas reuniones participaban los suboficiales que ni se imaginaban que el fenómeno del baile con el peinado de Tony Curtis y la facha de Tin Tan, escribía sobre ellos.

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Rolando Mackay en 1960.

El sargento segundo, Pedro Abad Soto, se desempeñaba como radiooperador del sistema Morse, no faltaba a las reuniones de camaradería, bailes al son de la vitrola y eventos deportivos.  Santos Guerrero Carrasco, hábil como ningún otro atajando balones, convertía en imbatible su valla.  Siempre le ganaban al equipo formado por los suboficiales, que  inconformes por los resultados intentanban “mandar” también en los encuentros.  Esto era  imposible, no por gusto los talareños formaban los mejores equipos del medio, superando a todos los demás del departamento. 

Esta superioridad se reflejaba también en los partidos jugados dentro de la base.  Santos Guerrero era un profesional, incluso jugaba los fines de semana en el Gaillard de Talara. Cuando ingresó por primera vez a la Base militar, fue ubicado en la carpintería de la base, debido a que en su expediente el había consignado como ocupación u oficio “carpintero”.  El capitán a cargo de esa sección le increpó:
– Pero cómo Guerrero, ¿no que eras carpintero? ¡no sabes ni serruchar!. 
– Si soy carpintero mi capitán, tengo mi diploma que lo acredita, pero nunca hice prácticas, ya que estudié por correspondencia…  Finalmente se dedicó al mantenimiento de aviones.

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Sargento Santos Guerrero Carrasco, uno de los mejores arqueros del medio. Marzo de 1954

El cabo Eduardo Olaya, tenía un parecido a Kirk Douglas, esa quijada lo ayudó para conquistar mujeres, era enamorador y su  facilidad para aprender inglés le abriría muchas puertas. Los cuatro tenían atormentados por casi año y medio a los suboficiales, que ante cualquier situación bochornosa en sus días de franco, temían ser nombrados en esta sección de la revista. Y así sucedía e incluso cuando “gorreaban” trago en sus visitas a los bares. Y es que sus consumos los pagaba el personal de tropa.  En “Por los corridos de tropa” sus nombres iban acompañados del apelativo “paracaidista” muy apropiado para aquellos que caían sin avisar y se iban sin pagar.

En diciembre de 1954, llegaron a su fin los días de servicio militar del “Mago”, la sorpresa fue total cuando esta vez la sección fue firmada con los nombres verdaderos de los militares.  Lejos de escuchar reproches, sólo recibieron abrazos de despedida y palabrotas de afecto a la usanza militar. Al salir de la Base, viajaron a distintos puntos, pero continuaban frecuentàndose.

Llegarían luego momentos trágicos, Eduardo Olaya, por sus conocimientos de inglés, consiguió fàcilmente trabajo en el aeropuerto de Chiclayo, siendo una de sus tareas anunciar los vuelos.  Murió a los 30 años en un accidente de motocicleta cuando un fin de semana regresaba a esa ciudad por la carretera desde Trujillo.   Santos Guerrero, toda una figura deportiva, arquero del club Mariscal Castilla y en la mira de la selección nacional. tendría también un accidente que lo postró a una silla de ruedas. Trabajando temporalmente en una bolichera en el puerto del Callao, le cayó en la espalda la polea que sostenía el mástil de la embarcación. Estuvo buen tiempo internado en la Clínica Santa Rosa en Lima. Luego, viajaría a su ciudad natal donde moriría después de unos años.

Rolando Mackay laboró como jefe de torneros en Lima y tenía un establecimiento en la Av. Tingo María en Breña. Luego se mudó a la zona de Collique. Finalmente, Pedro Abad trabajó como radio operador Morse en el Aeropuerto de Limatambo, Lima, pero ante la decisión de sus superiores de trasladarlo a la ciudad de Tarapoto, renuncia y labora en el Ministerio de Vivienda. Finalmente ingresa a una Compañía de Aduanas y Vapores en el puerto del Callao y establece su residencia en el distrito de Breña, donde vive hasta la actualidad.

Fue precisamente él, mi padre, quien me contó esta historia, recordando sus anécdotas del servicio militar.

Lima, 11 de julio de 2014.

Nota. Si conocen a alguno de los personajes descritos en este post, agradeceré sus comentarios.

Una obrera en la industria textil

18 Jun

Durante la primera mitad del siglo XX los obreros textiles en el Perú constituían una élite entre los trabajadores y estaban a la vanguardia en la defensa de sus intereses sectoriales. A pesar que padecían muchas necesidades, se distinguían de los demàs por su mayor cohesión social, su relativa estabilidad laboral y una fuerte tradición de acción colectiva 1/.

Las mujeres textiles eran discriminadas, sus salarios eran menores, las despedían arbitrariamente por embarazarse y no contaban con beneficios de maternidad. Sin embargo, este trabajo a gran escala le daba mayores oportunidades respecto a otras ocupaciones tradicionalmente femeninas, como la cocina, el planchado, el lavado o el servicio doméstico.

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María Teresa Urbina Nuñez

María Teresa Urbina Nuñez fue una obrera en la industria textil.  Nacida un 28 de enero de 1911, su padre fue un importante militante aprista, Neptalí Urbina, que cobijó varias veces en su casa de Breña  al máximo lider de esa agrupación, Víctor Raúl Haya De La Torre.

María Teresa trabajó en la empresa Manufactura de Tejidos de Lana del Pacífico 2/ donde conoce a Irma Romero Zegarra, que sería su mejor amiga y madrina de su primera hija. Trabajar en la industria, le permitió acceder a los programas para vivienda que se gestionaban con la construcción de barrios obreros, obteniendo el lote o departamento número 1 en el naciente barrio obrero “Caquetá”, donde viviría al lado de su esposo Víctor Oswaldo Altamirano Caballero y sus cinco hijos: Rosalba, Teresa, Celinda, Alfredo y Neptalí. Este último murió a los pocos meses de nacido y ella quedó muy enferma, siendo víctima de cáncer al cuello uterino.

María Teresa Urbina Nuñez

María Teresa Urbina Nuñez, su esposo Víctor Oswaldo Altamirano Caballero y su primogénita Rosalba. (Fotografía proporcionada por Teresa Altamirano Urbina)

Ante la visión realista de su futuro, es abatida por el sufrimiento físico y moral, ansiedad, angustia y desesperación por el porvenir de sus hijos. ¡Cuánta falta le hace su mamita Rosalba! Ella había fallecido ocho años antes, sin conocer a sus nietos.

Conversaciones, promesas recibidas le dan la tranquilidad que necesita para partir. Su esposo, abuela y amiga del alma prometen velar por ellos. Estando ella todavía con vida, Irma Romero cumple su papel de madrina, acoge a su ahijada en la casa de sus padres, la matricula en el colegio y lo más importante, recibe el cariño del hogar. María Teresa está más que agradecida con ella.

El Hospital Arzobispo Loayza fue uno de los pioneros en la radioterapia, instalando uno de los más modernos equipos en uno de sus pabellones.  Así, María Teresa Urbina recibe la terapia intracavitaria, de cervix uterino a través de radiaciones. Llama la atención que el tratamiento en ese entonces con estos equipos duraban de 15 a 20 minutos por paciente mientras que ahora sólo es de 2 a 5 minutos con la terapia de megavoltaje.

Las enfermeras corrian para no ser alcanzadas por la radiación“, contaba su abuela Leonidas, quien la acompañó a varias de estas sesiones. Un día, se olvidaron de cortar la radiación y María Teresa estuvo expuesta por un tiempo superior al límite establecido, siendo literalmente “quemada” por los rayos. Esta situación provocó su estado de gravedad y por ello murió en dicho hospital el 21 de octubre de 1941, a los 30 años de edad.

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Partida de defunción de María Teresa Urbina Nuñez

Triste final por negligencia, con duras consecuencias para la familia, ya que significó la pérdida de la casa y la destrucción del hogar al ser los hijos obligados a separarse. Todo esto en un ambiente cargado de acontecimientos desestabilizantes, la lenta recuperación frente al terremoto de 1940, la segunda guerra mundial y la guerra con el Ecuador.

Hoy rindo homenaje a María Teresa, mi abuela materna, que luchó incansablemente por darle un mejor futuro a su familia.  Sus lágrimas presagiando su deceso, son recordadas con mucho dolor por mi madre, así como todo el amor y dulzura que le prodigó. A sus escasos 6 años de edad heredó el temple, la fuerza y sobre todo le fueron inculcados valores, que son ahora el ejemplo para nosotros, sus hijos.

Lima, 18 de junio de 2014

1/ Cynthia Sanborn. “Los obreros textiles de Lima: redes sociales y organización laboral, 1900-1930” Mundos Interiores 1850-1950 Universidad del Pacífico.

2/ Manufactura de Tejidos de Lana del Pacífico Sociedad Anónima Limitada, fue establecida en el año 1918, sus dueños y gerentes eran empresarios de origen italiano y suizo.  La fábrica se ubicaba en la Avenida Colonial 1108 (ahora Avenida Oscar R. Benavides)  y contaba con almacenes en la calle de Mercaderes 416.  Fabricaba casimires, frazadas, pañolones, madejas de lana y ovillos de lana, entre otros. Actualmente (2014) en ese lugar se encuentra la Corporación Lindley que embotella las bebidas gaseosas Inca Kola y Coca Cola.

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