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La madrina

29 Ago

El bautismo es el sacramento del cristianismo como símbolo de purificación, de nacimiento a la vida bajo los preceptos de la Iglesia.  Son los padres con la ayuda de los padrinos quienes deben garantizar que el nuevo cristiano esté educado  en el sentido humano del amor y el trabajo.   Por eso, ante la ausencia de éstos,  los padrinos están obligados moralmente a reemplazarlos, y en especial la madrina, porque como mujer y corazón del hogar, debe asumir la formación del menor en un ambiente familiar cristiano.

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Irma Romero Zegarra (1915-2009), la madrina de Rosalba Altamirano.

En 1934, María Teresa Urbina de 23 años, eligió a Irma Romero como madrina de su primera hija, a quien bautizó como Rosalba, en memoria de su fallecida madre.  Irma no sólo era su amiga, ella había cubierto en parte el inmenso vacío que dejó su progenitora, como compañera, confidente, consejera y testigo de sus vivencias.  

En 1940  María Teresa enfermó y vio morir a su último vástago (Neptalí).   En ese estado,  tuvo que suspender sus labores en la fábrica textil y recibir tratamiento especializado. En el hogar, valioso era el apoyo de su abuela Leonidas, aunque insuficiente para la atención de sus cuatro hijos.

Mientras durase el tratamiento,  Rosalba con 5 años de edad se quedaría con su madrina, quien vivía con su madre y hermanos en el Centro de Lima. María Teresa estaba más que agradecida con su entrañable amiga.

Irma Luisa Romero Zegarra, provenía de una familia limeña.  Nació el 8 de octubre de 1915 en la calle San Martín 153.  Sus padres fueron  Ricardo Cipriano Romero y Rosa Elvira Zegarra. Realizó sus estudios en Lima y empezó desde muy joven a trabajar en la empresa Manufactura de Tejidos de Lana del Pacífico. Era alegre, risueña y muy buena jugadora de voleibol.

La pequeña Rosalba fue recibida con cariño en el hogar familiar de los Romero Zegarra. “Mamita Elvira“, como solía llamar  la niña a la madre de Irma,   la acogió con amor, como si fuera su nieta de sangre.  Había enviudado y sus hijos ya eran mayores de edad, por eso la llegada de Rosalba significaba revivir la experiencia de crianza y disfrutar de la ternura de la niña en el hogar.  Las dos de la mano se iban a todas partes y casi a diario al mercado de abastos.

Cuando ocurrió el terremoto de 1940 en Lima, Rosalba y su mamita Elvira salieron de inmediato fuera de la casa, mientras que Irma laboraba en la fábrica. Aquel devastador sismo le causó un trauma que nunca pudo superar,  a partir de ese día entraría en pánico cada vez que sobrevenía un temblor.

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El terremoto del 24 de mayo de 1940 traumó a Irma Romero. (Imagen tomada del blog Lima la Única, http://limalaunica.blogspot.com/2010/06/el-terremoto-de-1940.html)

Irma inscribió a su ahijada en el colegio,  para que  aprendiese sus primeras letras.   Algunos días, iban juntas a sus prácticas de voleibol o a intensos partidos que disputaba su  equipo.  Los fines de semana, Irma salía a pasear con su novio, César Torres y más de una vez la niña Rosalba los acompañaría, especialmente resultarían inolvidables para ella las visitas a los baños de Barranco y Chorrillos.

Sin embargo, Rosalba no era una niña feliz, echaba de menos a su mamá y hermanos. Extrañaba los juegos con  su hermana Teresa y los bebes.  En aquellos días Ana Celinda de dos años era una muñeca siempre contenta y Jesús Alfredo intentaba dar ya sus primeros pasos.  Rosalba sabía que su madre estaba enferma pero desconocía la gravedad de la situación. Cuando su bisabuela Leonidas la llevaba al Hospital Arzobispo Loayza junto con Teresa (4 años), sólo le permitían verla a unos diez metros de distancia.  La saludaban y su madre sonreía mientras que sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Después de la muerte de María Teresa, acaecida el 21 de octubre de 1941, los días para la niña serían muy tristes.  Su bisabuela Leonidas reclamó a Rosalba que acababa de cumplir siete años, y la entregó a una casa de familia en Chucuito, Callao, para que ayudara en los quehaceres domésticos.  Rosalba pasaba horas sentada frente al mar. La señora la veía muy pequeña para que la sirviese. Leonidas la llevó entonces a la casa de dos ancianas en el Centro de Lima, realizaría allí desde labores de limpieza hasta la asistencia en sus necesidades sanitarias. Había que añadir a la tristeza de la niña, la dureza de las tareas, el aislamiento total y la pérdida de sus estudios. Permanecería allí casi una década.

Demás está decir, la discusión de la joven madrina de 26 años con Leonidas, la bisabuela de Rosalba. La ley establece que ante la ausencia de los padres los ascendientes del menor tienen la patria potestad.

En los cincuenta, Irma Romero, ya estaba casada con César Torres y tuvieron descendencia.  Rosalba se casaría a fines de esa década y nunca más dejarían de reunirse, madrina y ahijada.    Los lazos entre ellas eran irrompibles, no eran de sangre, pero provenían de un sacramento ante el altar.

La casa donde habitaba Doña Irma con su familia se ubicaba en la primera cuadra del jirón Angaraes. Este inmueble era parte del patrimonio histórico de Lima, contaba con escaleras de mármol que daban a un segundo piso, desde donde se sentía el estruendo de los trenes que partían o llegaban a la Estación de Monserrate. Desde el balcón, Doña Irma llamaba a sus hijos que jugaban en la calle, décadas después haría lo mismo con sus nietos.

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Ubicación de la casa donde vivió Irma Romero, en el barrio de Monserrate, en Lima.

Los hijos de Rosalba querían también entrañablemente a Doña Irma, sus visitas a la casa de Breña eran siempre bienvenidas. Escuchaban embelesados las anécdotas familiares, del barrio de Monserrate,  que eran contadas magistralmente por ella.  Los principales personajes de sus historias: la Chola, el Chino, el Negro, el Chiquitín, Lalo eran casi legendarios para ellos. Doña Irma relataba sus vivencias con tanto donaire, que era un gusto escucharla durante horas.  Aunque relatara la misma historia por centésima vez, la revestía con algo nuevo, acompañada de una expresión enérgica, dulce, severa o graciosa.

Al inicio de este siglo, las visitas fueron más esporádicas y emotivas.  A pesar de su edad y complicaciones cardiacas, Doña Irma encontraría siempre la forma de ver a su ahijada.  Algo especial tenía esa bendita anciana que hasta los perros bravos se acurrucaban en su regazo, sin conocerla.

El 27 de octubre de 2009 murió Doña Irma, en vida no sólo cumplió con creces su función de Madrina entregando amor y alegría a Rosalba, su ahijada, sino también a sus hijos, que la sentían como la abuela materna que nunca conocieron. 

Este es un homenaje para ella, aunque ya no volvamos a verla, ni  escuchar su voz, ni abrazarla, siempre podremos cerrar los ojos para recordarla y decirle desde nuestro corazón que la echamos de menos.

Lima, 29 de agosto de 2014.

Una obrera en la industria textil

18 Jun

Durante la primera mitad del siglo XX los obreros textiles en el Perú constituían una élite entre los trabajadores y estaban a la vanguardia en la defensa de sus intereses sectoriales. A pesar que padecían muchas necesidades, se distinguían de los demàs por su mayor cohesión social, su relativa estabilidad laboral y una fuerte tradición de acción colectiva 1/.

Las mujeres textiles eran discriminadas, sus salarios eran menores, las despedían arbitrariamente por embarazarse y no contaban con beneficios de maternidad. Sin embargo, este trabajo a gran escala le daba mayores oportunidades respecto a otras ocupaciones tradicionalmente femeninas, como la cocina, el planchado, el lavado o el servicio doméstico.

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María Teresa Urbina Nuñez

María Teresa Urbina Nuñez fue una obrera en la industria textil.  Nacida un 28 de enero de 1911, su padre fue un importante militante aprista, Neptalí Urbina, que cobijó varias veces en su casa de Breña  al máximo lider de esa agrupación, Víctor Raúl Haya De La Torre.

María Teresa trabajó en la empresa Manufactura de Tejidos de Lana del Pacífico 2/ donde conoce a Irma Romero Zegarra, que sería su mejor amiga y madrina de su primera hija. Trabajar en la industria, le permitió acceder a los programas para vivienda que se gestionaban con la construcción de barrios obreros, obteniendo el lote o departamento número 1 en el naciente barrio obrero “Caquetá”, donde viviría al lado de su esposo Víctor Oswaldo Altamirano Caballero y sus cinco hijos: Rosalba, Teresa, Celinda, Alfredo y Neptalí. Este último murió a los pocos meses de nacido y ella quedó muy enferma, siendo víctima de cáncer al cuello uterino.

María Teresa Urbina Nuñez

María Teresa Urbina Nuñez, su esposo Víctor Oswaldo Altamirano Caballero y su primogénita Rosalba. (Fotografía proporcionada por Teresa Altamirano Urbina)

Ante la visión realista de su futuro, es abatida por el sufrimiento físico y moral, ansiedad, angustia y desesperación por el porvenir de sus hijos. ¡Cuánta falta le hace su mamita Rosalba! Ella había fallecido ocho años antes, sin conocer a sus nietos.

Conversaciones, promesas recibidas le dan la tranquilidad que necesita para partir. Su esposo, abuela y amiga del alma prometen velar por ellos. Estando ella todavía con vida, Irma Romero cumple su papel de madrina, acoge a su ahijada en la casa de sus padres, la matricula en el colegio y lo más importante, recibe el cariño del hogar. María Teresa está más que agradecida con ella.

El Hospital Arzobispo Loayza fue uno de los pioneros en la radioterapia, instalando uno de los más modernos equipos en uno de sus pabellones.  Así, María Teresa Urbina recibe la terapia intracavitaria, de cervix uterino a través de radiaciones. Llama la atención que el tratamiento en ese entonces con estos equipos duraban de 15 a 20 minutos por paciente mientras que ahora sólo es de 2 a 5 minutos con la terapia de megavoltaje.

Las enfermeras corrian para no ser alcanzadas por la radiación“, contaba su abuela Leonidas, quien la acompañó a varias de estas sesiones. Un día, se olvidaron de cortar la radiación y María Teresa estuvo expuesta por un tiempo superior al límite establecido, siendo literalmente “quemada” por los rayos. Esta situación provocó su estado de gravedad y por ello murió en dicho hospital el 21 de octubre de 1941, a los 30 años de edad.

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Partida de defunción de María Teresa Urbina Nuñez

Triste final por negligencia, con duras consecuencias para la familia, ya que significó la pérdida de la casa y la destrucción del hogar al ser los hijos obligados a separarse. Todo esto en un ambiente cargado de acontecimientos desestabilizantes, la lenta recuperación frente al terremoto de 1940, la segunda guerra mundial y la guerra con el Ecuador.

Hoy rindo homenaje a María Teresa, mi abuela materna, que luchó incansablemente por darle un mejor futuro a su familia.  Sus lágrimas presagiando su deceso, son recordadas con mucho dolor por mi madre, así como todo el amor y dulzura que le prodigó. A sus escasos 6 años de edad heredó el temple, la fuerza y sobre todo le fueron inculcados valores, que son ahora el ejemplo para nosotros, sus hijos.

Lima, 18 de junio de 2014

1/ Cynthia Sanborn. “Los obreros textiles de Lima: redes sociales y organización laboral, 1900-1930” Mundos Interiores 1850-1950 Universidad del Pacífico.

2/ Manufactura de Tejidos de Lana del Pacífico Sociedad Anónima Limitada, fue establecida en el año 1918, sus dueños y gerentes eran empresarios de origen italiano y suizo.  La fábrica se ubicaba en la Avenida Colonial 1108 (ahora Avenida Oscar R. Benavides)  y contaba con almacenes en la calle de Mercaderes 416.  Fabricaba casimires, frazadas, pañolones, madejas de lana y ovillos de lana, entre otros. Actualmente (2014) en ese lugar se encuentra la Corporación Lindley que embotella las bebidas gaseosas Inca Kola y Coca Cola.

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