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Por los corridos de tropa

11 Jul

En diciembre de 1952 diecisiete voluntarios ingresaban a la Base de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) Capitán Víctor Montes Arias en la ciudad de Talara. Los “servidores de la patria”,  provenian de los distritos de Talara y El Alto, principalmente.

La ciudad de Talara fue un campamento petrolero, que luego vino a convertirse en una ciudad estratégica al norte del Perú. En esos años (1952) el petróleo era explotado por la empresa International Petroleum Company (IPC), que incluso poseia un aeródromo privado. En el lugar se instaló una base militar y aeropuerto administrado por la Fuerza Aérea del Perú, la cual tenía como función proteger el recurso y proceso de refinación de cualquier atentado o ataque externo. Hay que recordar que una década antes, había ocurrido la guerra con el Ecuador, país que reclamaba una gran extensión territorial.

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Ciudad de Talara, Piura, Perú. Swiss Foto “International Petroleum Co. Oil Centre”.

Los voluntarios serían ubicados en distintas áreas de la base, acorde a su experiencia técnica u oficio aprendido antes de su internamiento.  Durante el tiempo del servicio militar ellos podrían especializarse – aparte del uso de armas – como radiooperadores, mecànicos de aviación, auxiliares de oficina, etc, y acceder a los ascensos desde el grado de cabo hasta sargento segundo.

Los suboficiales de la aviación, que arribaban a la Base, provenian de Lima.  La mayoría de ellos actuaba con prepotencia con la tropa, propio de la costumbre militar.  Más tarde, los subordinados encontrarían una voz que los vengaría de sus verdugos.

En la aviación militar se editaba la revista “La Estela” que circulaba a nivel nacional, siendo el director un Técnico de Primera, que un día, escuchando los comentarios que realizaban un grupo de sargentos y cabos sobre las juergas y situaciones ridículas en las que caian algunos suboficiales, les ofreció una columna  en la revista,  para que escribieran aquellas anécdotas burlescas bajo el título “Por los corridos de tropa“.

Tenían que usar algún seudónimo, ya que las notas podían desatar la ira de algunos suboficiales con poco sentido del humor.  Decidieron entonces firmar la columna con la palabra “MAGO”, que era la unión de los apellidos de los cuatro militares:  Rolando Mackay, Pedro Abad, Santos Guerrero y Eduardo Olaya. El éxito de esta sección fue inmediato, todos comentaban y reian con las ocurrencias, chistes, destapes y hasta apodos o sobrenombres que les encajaban a los suboficiales.

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Personal de la Base Aérea Víctor Montes. El de la derecha es el Sargento segundo Pedro Abad Soto. Al fondo un avión caza de fabricación norteamericana, modelo P-47. Diciembre de 1954.

¿Quén será “el mago”?,  se preguntaban, pero ninguna sospecha recaia sobre los cuatro autores que tenían de vuelta y media a toda la aviación.   Pero, ¿quiénes eran realmente?.   Rolando Mackay Sánchez, era el “courrier” de la Base, realizaba tareas de oficina y era un excelente bailarin de mambo, el popular ritmo cubano.  El flaco marcaba un paso hacia adelante con el pie izquierdo y otro atrás con el derecho,  luego hacía el paso del cangrejo. Sus gestos, posición de brazos rígidos, cadera suelta y la velocidad con la que movía los pies con mucha energía, hacían de él todo un espectáculo. Precisamente en esas reuniones participaban los suboficiales que ni se imaginaban que el fenómeno del baile con el peinado de Tony Curtis y la facha de Tin Tan, escribía sobre ellos.

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Rolando Mackay en 1960.

El sargento segundo, Pedro Abad Soto, se desempeñaba como radiooperador del sistema Morse, no faltaba a las reuniones de camaradería, bailes al son de la vitrola y eventos deportivos.  Santos Guerrero Carrasco, hábil como ningún otro atajando balones, convertía en imbatible su valla.  Siempre le ganaban al equipo formado por los suboficiales, que  inconformes por los resultados intentanban “mandar” también en los encuentros.  Esto era  imposible, no por gusto los talareños formaban los mejores equipos del medio, superando a todos los demás del departamento. 

Esta superioridad se reflejaba también en los partidos jugados dentro de la base.  Santos Guerrero era un profesional, incluso jugaba los fines de semana en el Gaillard de Talara. Cuando ingresó por primera vez a la Base militar, fue ubicado en la carpintería de la base, debido a que en su expediente el había consignado como ocupación u oficio “carpintero”.  El capitán a cargo de esa sección le increpó:
– Pero cómo Guerrero, ¿no que eras carpintero? ¡no sabes ni serruchar!. 
– Si soy carpintero mi capitán, tengo mi diploma que lo acredita, pero nunca hice prácticas, ya que estudié por correspondencia…  Finalmente se dedicó al mantenimiento de aviones.

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Sargento Santos Guerrero Carrasco, uno de los mejores arqueros del medio. Marzo de 1954

El cabo Eduardo Olaya, tenía un parecido a Kirk Douglas, esa quijada lo ayudó para conquistar mujeres, era enamorador y su  facilidad para aprender inglés le abriría muchas puertas. Los cuatro tenían atormentados por casi año y medio a los suboficiales, que ante cualquier situación bochornosa en sus días de franco, temían ser nombrados en esta sección de la revista. Y así sucedía e incluso cuando “gorreaban” trago en sus visitas a los bares. Y es que sus consumos los pagaba el personal de tropa.  En “Por los corridos de tropa” sus nombres iban acompañados del apelativo “paracaidista” muy apropiado para aquellos que caían sin avisar y se iban sin pagar.

En diciembre de 1954, llegaron a su fin los días de servicio militar del “Mago”, la sorpresa fue total cuando esta vez la sección fue firmada con los nombres verdaderos de los militares.  Lejos de escuchar reproches, sólo recibieron abrazos de despedida y palabrotas de afecto a la usanza militar. Al salir de la Base, viajaron a distintos puntos, pero continuaban frecuentàndose.

Llegarían luego momentos trágicos, Eduardo Olaya, por sus conocimientos de inglés, consiguió fàcilmente trabajo en el aeropuerto de Chiclayo, siendo una de sus tareas anunciar los vuelos.  Murió a los 30 años en un accidente de motocicleta cuando un fin de semana regresaba a esa ciudad por la carretera desde Trujillo.   Santos Guerrero, toda una figura deportiva, arquero del club Mariscal Castilla y en la mira de la selección nacional. tendría también un accidente que lo postró a una silla de ruedas. Trabajando temporalmente en una bolichera en el puerto del Callao, le cayó en la espalda la polea que sostenía el mástil de la embarcación. Estuvo buen tiempo internado en la Clínica Santa Rosa en Lima. Luego, viajaría a su ciudad natal donde moriría después de unos años.

Rolando Mackay laboró como jefe de torneros en Lima y tenía un establecimiento en la Av. Tingo María en Breña. Luego se mudó a la zona de Collique. Finalmente, Pedro Abad trabajó como radio operador Morse en el Aeropuerto de Limatambo, Lima, pero ante la decisión de sus superiores de trasladarlo a la ciudad de Tarapoto, renuncia y labora en el Ministerio de Vivienda. Finalmente ingresa a una Compañía de Aduanas y Vapores en el puerto del Callao y establece su residencia en el distrito de Breña, donde vive hasta la actualidad.

Fue precisamente él, mi padre, quien me contó esta historia, recordando sus anécdotas del servicio militar.

Lima, 11 de julio de 2014.

Nota. Si conocen a alguno de los personajes descritos en este post, agradeceré sus comentarios.