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Las viejitas

30 Oct

Al terminar el mes de marzo de 1940, Rosalba con cinco años de edad ya experimentaba una etapa de inestabilidad por sus continuos cambios de residencia.  Después de vivir con sus padres en el naciente Barrio Obrero de Caquetá, fue acogida con cariño por su madrina en el barrio de Monserrate, ante la súbita  enfermedad de su madre.

El cáncer sumado a procedimientos negligentes en el hospital, cegaron la vida de su progenitora, viviendo el período más triste y duro de su existencia.  Rosalba fue llevada por su bisabuela Leonidas  a distintos lugares como servidumbre y siempre alejada de los suyos.  Finalmente,  al cumplir siete años de edad, fue presentada ante dos señoras ancianas, en el segundo piso de una casa de estilo colonial  en la intersección de los jirones Ica y Cailloma, en el centro de Lima.

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En junio de 1861 José Mercedes Avilés de 29 años  y sus tres hermanos despedían los restos de su padre Pedro Avilés  en el Cementerio Presbítero Matías Maestro.  Apenas once días antes, su madre Antonia Grande, había sido enterrada en el mismo lugar.  Era el momento de tomar nuevos rumbos y formar cada uno su propia familia.  Más importante que una herencia, el legado de sus padres para José Mercedes fue la de contar con una educación esmerada y estudios de leyes en la universidad, que le permitieron trabajar como relator de la Corte Suprema 1/, lugar donde hizo buenos amigos, al punto de participar en la fundación de una logia masónica a la que asistía el célebre escritor Ricardo Palma.  Luego, ingresaría en el Ministerio de Relaciones Exteriores como oficial interino del Jefe de Sección Ultramar. En enero de 1863 se casó con Ignacia Coello León y fijó su residencia en la segunda cuadra de Ica número ochenta y dos, donde finalmente instala su estudio de abogado 2/.

José Mercedes e Ignacia tuvieron tres hijos en matrimonio: Laura (1864) 3/, Hortencia (1870) y Alberto Félix (1876).  Teniendo en cuenta que ellos provenian de una noble estirpe entroncada con los ilustres linajes de Asturias y Portugal, el padre no escatimaba en gastos para la educación de sus hijos.  Las hermanas Avilés Coello fueron inscritas en el Colegio Sagrado Corazón de Belén, que se consideraba como uno de los centros para señoritas de mayor prestigio en Lima.  Era el primer  instituto de enseñanza escolar, de orientación y corte moderno en la República. Su fama era tal que las familias de clase alta, hijas de ministros y presidentes solicitaban vacantes allí.  

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Pensionado del Sagrado Corazón de Belèn en Lima. En este colegio estudiaron las hermanas  Laura y Hortencia Avilés Coello. Fuente: Internet – Lima de Siempre en Skyscrapercity.com.

Las instructoras eran religiosas francesas, por eso el colegio destacaba en la enseñanza del francés como segundo idioma,  que era el símbolo de cultura y de humanismo en toda América Latina 4 / . Durante los años de ocupación del ejército chileno en Lima, la educación de las adolescentes no fue afectada, teniendo en cuenta que fue precisamente la religiosa Eugenia Paget, maestra principal del Colegio Belén la que intercedió ante el Almirante francés Petit Thouars la salvación de la ciudad, amenazada de incendio y saqueo después de los sucesos de Chorrillos.  La probable intervención de la flota europea en el Callao al mando del Almirante hizo desistir al invasor de causar similares desmanes.

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Sala de dibujo del Colegio Belén en Lima. Laura Avilés Coello destacaba en diseño y dibujo. Fuente: Internet – Lima de Siempre en Skyscrapercity.com

Alberto Félix además de una buena preparación escolar, realizó estudios universitarios en Teología y Letras.

Laura Avilés Coello,  se casó con su primo hermano Pedro Aurelio de Castañeda Coello, cuya familia era dueña de una hacienda en la provincia de Jauja, Junín. Fueron pocos sus días de convivencia y felicidad, ya que su esposo contrajo la influenza y tras seis días de enfermedad, murió el 31 de agosto de 1892 a los 27 años de edad.  Laura enviudó sin experimentar la maternidad. Hortencia Avilés por su parte. siendo soltera,  residiría junto con su hermana en la casa de sus padres.  

El año 1895 fue en general, muy difícil no sólo para la familia sino para todo el país.  En febrero muere su tío paterno Francisco Avilés también de influenza y en marzo se desata la lucha entre los civilistas, representados por Nicolás de Piérola y los militaristas, que gobernaban el país, bajo la presidencia de Andrés Avelino Cáceres.   Los enfrentamientos más encarnizados (cerca de dos mil muertos) se realizaron a una cuadra de la casa de los Avilés Coello que estaban aterrorizados, e incluso una bala de cañón cayó sobre la torre de la Iglesia San Agustín, en la misma calle donde residian.  En esta batalla sería herido gravemente su primo Guillermo Avilés, muy querido por la familia, quien murió después de dos semanas de agonía.

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Hermanos Avilés Coello. Fotografías de Hortencia en 1892 y Alberto Félix en 1899. Fuente: Archivo Courret – Biblioteca Nacional del Perú.

A principios del siglo XX los Avilés Coello ya habían perdido a sus padres y años después  fallecería Alberto Félix. Quedarian en la casa familiar solo las dos hermanas Laura y Hortencia.

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Aquel día de verano de 1942,  Leonidas tomando de la mano a su bisnieta Rosalba conversaba de pie, en la sala de aquella casa, con las dos ancianas.  Hortencia de setenta y un años  explicaba que probarían como se comportaba la niña, mientras que Laura, postrada en una silla de ruedas escuchaba atentamente.  Leonidas agradeció a las señoras y aseguró que Rosalba cumpliría bien las labores domésticas, además aclaró que era ella la única persona responsable de la pequeña y ningún familiar estaba autorizado para llevársela a pasear o reclamarla.

En esos tiempos, el trabajo infantil era todavía aceptado socialmente. Según el Censo de Población de 1940, en Lima trabajaban 10 mil 179 niños y adolescentes de 6 a 14 años de edad, que representaba el 3,2% del total de la Población Económicamente Activa. De estos chicos, 4 mil 903 eran mujeres, y de este grupo el 59% se dedicaban al servicio doméstico.  Generalmente los niños  provenian del ande y formaban parte de familias en extrema pobreza, analfabetos y carentes de los servicios de salud o cualquier otro servicio estatal.  En Lima, eran explotados sin pago alguno y tampoco accedían  a la educación. Muchos de ellos desconocían los utensilios o muebles que debían manipular o limpiar, porque nunca habían tenido contacto con ellos.  Su piel cobriza y la dificultad para hablar el castellano revelaba su origen y esto constituía ya un factor de discriminación.  Esta situación implicaba un lento proceso de adaptación.

El caso de Rosalba era diferente, ella sabía leer y escribir perfectamente, conocía bien las operaciones matemáticas y sus padres eran trabajadores en el sector moderno de la economía, con sentido crítico y participantes en la política nacional e incluso vestían conforme a la moda imperante.  Nacida en el área urbana, hablaba correctamente el castellano y conocía bien los muebles y enseres de las viviendas de aquellos años.

La limpieza de la casa, el planchado y dejar todo en orden constituían las tareas diarias de la niña. Complicado era el aseo diario de la señora Laura y asistirla en sus necesidades sanitarias.   Rosalba era despertada en la madrugada para cumplir tal objetivo.  La anciana paralítica de setenta y siete años estaba casi siempre de mal humor y renegaba por la poca habilidad de la niña de siete años para asistirla con prontitud.

Hortencia, mantenía la distancia con la niña, hablándole – con autoridad y frialdad – sólo lo necesario para el desarrollo de sus labores, sin evidenciar sentimientos de ninguna clase y menos afectividad.  Aquellas ancianas jamás la felicitaron, entregaron alguna propina u obsequio o regalaron una sonrisa. Durante todo el tiempo que la niña permaneció allí sólo le permitieron dormir con un viejo muñeco sin pelo “Pepe”, que Rosalba encontró en un rincón de la casa.

Aquellas dos ancianas mostraban sólo su inconformidad con las labores realizadas por la niña y esperaban a Leonidas para reclamarle sobre su comportamiento. La niña tenía instrucciones precisas para vivir en aquella casona: le estaba prohibido reir, correr, saltar y hablar en voz alta, mucho menos jugar.  Hortencia le advertía:

“Cuando te hablen, quédate quieta, no muevas tus manos y siempre mira a la persona que te hable.
Nunca permitas que tu voz sea oída, a no ser que te hayan preguntado algo que necesite una respuesta.
Siempre responde cuando recibas una orden, y usa siempre el adjetivo:  Señora o Señorita según sea el caso.
Nunca des tu opinión.
Si recibimos a algún visitante, jamás converses con él o ella.
Las amistades están prohibidas.  No debes confraternizar con nadie.”

Cuando Leonidas llegaba, Rosalba con entusiasmo pensaba que por fin la llevaría consigo al lado de sus hermanas.   Su bisabuela enérgica sin saludarla le increpaba:

¿Por qué no haces lo que se te dice?  mientras la azotaba con un látigo que traía especialmente para “corregir” a la menor.
¡Qué más quieres!,  ¿dónde crees que vas a estar mejor?, ¿por qué no les haces caso a las señoras? ¿ah? y seguía con dureza dejando marcas en la piel de la niña que lloraba amargamente.

Las hermanas Avilés Coello con el sufrimiento de la menor quedaban satisfechas. Esta escena se repitió todas las veces que Leonidas visitaba a las ancianas, por ello la niña asimiló que su visita periódica era sólo sinónimo de castigo, sin saber siquiera qué había hecho mal.

Hay que entender que Leonidas fue trágicamente golpeada por la vida, en menos de una década vio morir a su única hija y nieta.  Siempre conservadora, se dedicaba al planchado, cocina y era muy devota del Señor de los Milagros.  A pesar de su edad, trabajaba a sol y sombra para sostener a Celinda y Teresa, sus bisnietas menores. Ella pensaba que protegía a Rosalba entregándola a aquellas ancianas de familia distinguida, donde no le faltaría alimentos y estaba segura aprendería algo bueno de ellas.  No confiaba en la joven madrina que ni siquiera había formado un hogar propio, por tanto no garantizaba la integridad física de la niña, ya que la llevaba a partidos de voleibol o a paseos con el novio, peor aún, pasaba gran tiempo del día trabajando en la fábrica y tenía hermanos que vivian en la misma casa con la pequeña.

 Pero Leonidas se equivocaba, porque Rosalba en aquel lugar, no sólo perdió el cariño de un hogar y su asistencia a la escuela, sino que aquellas ancianas jamás le enseñaron nada y tampoco le permitían distraerse con ninguna lectura, arte, música, ni entablaban alguna conversación que le sirviese de experiencia de vida.   Las ancianas en todas sus acciones, la trataban como un ser que no merecía ninguna consideración o atención. Ni siquiera le compraban vestimenta adecuada, a tal punto que Hortencia prefería coser ella misma y en forma rudimentaria la ropa interior de la menor. Hasta en su baño diario, Rosalba debía usar un tonel de madera rodeado de cinchos de hierro donde lavaban la ropa en vez de la bañera o tina de hierro cubierta de porcelana del baño principal.

Rosalba no solo había sido separada de sus familiares directos, sino también estaba aislada e incomunicada.  En los años que sirvió en esa casa, sólo salió los días que acompañaba a Hortencia a la Iglesia de San Agustín, situada en la misma calle, a unos metros de la vivienda.  En el período de su encierro recibió dos únicas visitas de su padre, Víctor Oswaldo, que la dejó muy ansiosa, porque sabía que él podría haberla salvado de ese suplicio. En ambas ocasiones, las ancianas frente a él, escucharon cada palabra que padre e hija intercambiaron acerca de la familia.  Estaban de pie, porque el uso de los muebles de la sala se reservaban sólo para las visitas de las señoras.

La administración de la casa estaba a cargo de Hortencia, quien se encargaba de los gastos y contratar cualquier servicio adicional que hiciera falta.  A Laura de vez en cuando le solicitaban la elaboración de diseños o dibujos para bordados, que elaboraba con mucha destreza.   Las Avilés Coello recibían también numerosas suscripciones de revistas y diarios que daban cuenta de los sucesos de la Segunda Guerra Mundial. Rosalba muchas veces leía a escondidas estos ejemplares cuando caía la noche. 

Muy pocas eran las visitas a la casa, Rosalba recordaría en especial la de Jorge Basadre, que se desempeñaba como director de la Biblioteca Nacional del Perú, que estaba en reconstrucción después que sufriera un incendio en 1943.  Algunas veces las ancianas conversaban delante de Rosalba en francés, sin que ella pudiera entender nada de lo que hablaban.

Nueve años estuvo Rosalba, mirando la misma calle desde una ventana del viejo balcón colonial. Las “viejitas”, como las llamó posterioremente para recordar esa parte de su pasado, ya presentaban algunos achaques, pero no perdieron la arrogancia y, soberbia, e incluso Laura, era ya hasta insolente con la adolescente.   Rosalba, instruída perfectamente para su servicio, era ya una muchacha fuerte, que había cumplido los dieciseis años de edad.

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La casa de los Avilés Coello en las intersecciones de la Calle San Agustín y la Calle Argandoña.
Foto: José Abad.

Un día, ellas le mencionaron que debía ya pensar en casarse y quien la pretendía era un jardinero, gasfitero, que bordeaba los ochenta años de edad. El anciano de vez en cuando era contratado para algún servicio en la casa y cuando llegaba subía las escaleras con gran dificultad.  Rosalba, ya lo había decidido, aunque jamás bromeaban no sabía si aquello era una burla, pero si que era el momento de partir.

– Señora Laura, Señorita Hortencia, he decidido irme.  Como ven las he servido ya bastante tiempo y creo que debo realizar otras labores.
– Puedes ya retirarte de esta casa“, contestó Hortencia secamente. Las ancianas quedaron sorprendidas pero no creyeron que realmente  partiría. Rosalba agradeció a ambas y se fue apenas cargando a su muñeco Pepe.

Rosalba caminaba de nuevo por la calle,  no tenía nada material, pero sí algo más valioso, su emancipación.  Le habían robado su niñez pero por fin retomaria su vida, vería a su madrina y a sus hermanos, trabajaría en cualquier lugar con el que pagaría un alquiler y continuaría sus estudios. Estaba temerosa porque no sabía donde dormiría aquella noche, pero entusiasmada por los nuevos aires que le daba la vida.

Las “viejitas” cuando se percataron que efectivamente Rosalba no regresaría, se preocuparon.  Necesitaban a alguien de confianza que la sustituyera. Esos días  de 1951, fueron un infierno para ellas, no sólo necesitaban su servicio sino que, aunque les costaba reconocerlo, la extrañaban. La buscaron pero no la hallaron. A Leonidas tampoco la habían visto desde hacía buen tiempo.

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Rosalba, un año después de dejar la casa de las “viejitas”.

Cuatro meses después, Rosalba, que ya trabajaba en los Laboratorios Remy, fue avisada que aquellas viejitas querían conversar con ella.  Cuando llegó a la casa, Laura movió su silla de ruedas y abrió los ojos emocionada, estaba a punto de llorar pero se contuvo:

¿Cómo estás Rosalba?
– Bien señora Laura, me dijeron que había un asunto pendiente.

– Si, pero ya no importa.
– ¿Como está la señorita Hortencia?
– Ella murió, sus ojos se empañaron y nuevamente mantuvo la ecuanimidad.
– Lo siento, señora Laura, ¿me puede decir donde fue enterrada?
– En el Presbitero Maestro,  y entregó un papel anotando el lugar de la sepultura.

En la casa, habían personas desconocidas para Rosalba, ninguna era familiar de la señora, eran amistades que se habían hecho cargo de la anciana, que lucía diferente y nada malhumorada, como acostumbraba tratarla.

– ¿Se siente bien señora Laura?
– Si, ya necesito descansar,
y nuevamente parecía quebrarse pero contenía sus sentimientos, por ello quería terminar la conversación.
– Si señora Laura, la dejo para que descanse, me despido. 

Esa frialdad y distancia que le había sido inculcada a Rosalba en aquella casa había dado por fin, sus resultados.  Ya en la calle, no pudo evitar el llanto, fue la última vez que veria a la anciana.

Laura Avilés Coello murió poco tiempo después y con ella terminó la descendencia de sus padres.


1/ Miguel Atanasio Fuentes – Guia del Viajero

2/ La partida de nacimiento de Alberto Félix Avilés Coello en 1876, muestra la ocupación y dirección de su padre José Mercedes Avilés.  De igual forma el Censo Municipal de 1866 realizado en la ciudad de Lima, muestra la dirección y profesión del padre de familia, quien vivía con su esposa Ignacia Coello, su hija Laura, su hermana Paula y una tía materna.

3/ No siendo posible contar con el registro de nacimiento de Laura Avilés Coello, se estimó su edad, a través del registro del Censo Municipal de 1866, ejecutado en la ciudad de Lima entre febrero y marzo de 1866. El empadronador anota la edad de la infante: 1 año, 4 meses y 6 días. 

4/ La iglesia en el Perú: su historia social desde la independencia – Jeffrey L. Klaiber