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¿No es una cabra?

7 Ago

Era diciembre de 1940, Pedro cumpliría siete años y era el niño más feliz de Talara, porque  visitaría a su  “mamita”, su querida abuela materna que lo engreía y mimaba, disfrutaria de la sabrosa comida, bebería la leche de cabra, el queso, la natilla que tanto le gustaba y jugaría con sus primos en el campo.  Petronila, su madre, preparaba los bizcochos, frutas y otras encomiendas para llevar a su pueblo natal:  el caserío de Miraflores en el distrito de La Huaca, provincia de Paita.

Ya en el camión, Petronila miraba absorta el paisaje y rememoraba con nostalgia los años de su niñez en el campo, pero su cambio de expresión delataba también el recuerdo de la desolación, del desastre, cuando el diablo en persona se regodeó por La Huaca y sus caserios.  La  invasión violenta de las aguas del río Chira en toda la zona, destruyendo casas, matando personas y animales, las pestes, lluvias interminables, alimentaban aún más las creencias de la población en personajes diabólicos,  almas en pena, brujerias,  aparecidos,  etc.  No era para menos, entre 1925 y 1926, su pueblo fue arrasado completamente por el río 1/, huyendo los que pudieron salvarse a la parte alta del tablazo.

Petronila  viajaba en aquel camión con su esposo José Dolores y sus cinco hijos. Recordaba también aquel verano de 1927, cuando era una quinceañera y quedó prendada de él.  José Dolores tenía en ese entonces veintinueve años y  la  raptó de su casa una noche para que fuera su mujer por siempre.  Los enamorados atravesaron el campo sobre un piajeno, bajo la luz de la luna de Paita y se establecieron en la ciudad de Talara.

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Atardecer en el río Chira. Foto de Henry Cánova.

Cuando el vehículo motorizado se detuvo en al pueblo de Cerro Mocho, ya había allí una piara 2/ de burros esperándolos para continuar el camino hasta Miraflores. Pedro era el más entusiasta, iba cantando y bromeando de todo con sus hermanos.

– Mamá, ¿los perros cuidan la hacienda?
– No, hijo, ellos cuidan a otros animales. Para eso están los cocodrilos y lagartos que te “latiguean” con sus colas, si pasas por donde no se debe.
-¿Y te comen?
– No, sólo te latiguean como cuando yo te doy con el cabresto 3/  por malcriado. ¿quieres hacer la prueba?.
– Noooo.

El churre 4/ ya los había visto antes y sabía como huir de ellos, corrian rápido de frente pero bastaba cambiar de dirección para esquivarlos.

Después de varias horas de cruzar campos de cultivo, algarrobos y atravesar el rio, llegaron al caserío de Miraflores, siendo recibidos por la familia.  Allí estaba sonriendo Doña María del Carmenes, trigueña, de cabello negro y delgada, llevaba un vestido hasta los tobillos y el cabresto en la mano, casi nunca se separaba de él.   La viruela le había causado ceguera, sin embargo ésta pasaba inadvertida porque desarrollaba sus tareas domésticas y del campo como cualquier vidente.  Su marido, Don Juan José, con quien tuvo nueve hijos, ya había fallecido para ese tiempo.

-¡Mamita, mamita….!, Pedro saltando de alegría la abrazó.
– A ver dime, ¿te ha pegado tu mamá? seguro que sí, dime, cuéntame…
– Si mamita, mi mamá me da duro siempre…

Ni bien Pedro, había terminado la frase, cuando enérgica soltó dos cabrestazos sobre el cuerpo de  Petronila, que solo atinó a mirar a su hijo acusador.

– Mamita, mamita me está amenazando mi mamá…
– ¿Qué? Si te hace algo, ¡ya no vuelves a Talara!.

Pedro estaba por fin con su protectora, su querida abuela chocha y consentidora. Tenía ahora carta blanca para sus travesuras.  Por eso no quería irse y varias veces sería el único de la familia  que se quedaría por semanas en ese lugar. Estaba en el paraíso.

El desayuno y la comida era lo más delicioso para él, bebía en un mate 5/ la leche de cabra y cada día era menester sacrificar algún animal de la granja para el almuerzo, que combinaban con yuca, cebolla, camote, menestras, plátano, culantro  y condimentos.  Por algo, la preparación y sazón de los platos en esta región ha contribuido enormemente a la rica gastronomía peruana.

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Ganado caprino en Piura.

En el campo, Pedro jugaba con su hermano y primos,  era un churre  salvaje, esperaba que las abejas abandonaran su panal, y se comía la miel, con todo y larvas. Molestaba a los chivos o cabritos y observaba con envidia como éstos tomaban la leche de la madre.  No fastidiaba a  los chivatos porque apestaban y eran muy grandes.

Un día decidió conseguir la leche de la misma fuente y aprovechando que el animal estaba solo y mostraba complaciente sus ubres o tetillas, se prendió de allí para succionar la ansiada bebida.  Don Zacarías, su tio, que ingresaba al establo, paró su caballo en seco:

-¡Pero qué haces, carajo!
– Estoy mamando la leche a la cabra, tío

— ¡Esa no es la cabra, orejón, es la perra!

El churre mamón se había confundido con una perra negra, lanuda y grande que cuidaba el ganado. Todos reian cuando en las reuniones familiares se contaba esta anécdota del inquieto Pedro.

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Estatua de Rómuno y Remo amamantados por una loba. El churre mamón bebería la leche de una perra.

Cuatro meses después, en abril de 1941, moriría Doña María del Carmenes. Pedro no olvidaría jamás el llanto de las mujeres  durante los nueve días que duró el velorio,  entierro multitudinario y las noches de rezos. Ya sus visitas a Miraflores con su madre no serían las mismas, aunque le gustaba el campo y visitar a la familia, faltaba la compañía de aquella mujer que significó para él la felicidad total:  su adorada  “mamita”.

Lima, 7 de agosto de 2014.

1/ Se considera el primer “Mega Niño” del siglo XX, al fenómeno del Niño ocurrido entre 1925 y 1926 que comprendió toda la costa norte y parte de la costa central. Las consecuencias fueron catastróficas para las poblaciones del litoral. Grandes lluvias e inundaciones que provocaron pérdidas humanas, destruyeron la infraestructura regional y muchas viviendas. Millones de peces y aves marinas murieron por la elevación de la temperatura del mar.

2/ Manada o grupo de burros o mulas.

3/ “Cabresto” es un látigo para arrear las mulas.

4/ “Churre” es un regionalismo que significa niño o menor de edad.

5/ El mate es la corteza dura de la calabaza (Lagenaria vulgaris) que se usa como recipiente.

El churre fugitivo

18 Jul

Pedro tenía 12 años, estaba aburrido de la monotonía del campamento petrolero, observaba que los aviones iban y venían, pensaba que algún día podría partir en ellos y conocer nuevos lugares. Cuando avistaba aeronaves militares, se imaginaba tripulándolas. Si tuviera la edad requerida, sería el primer voluntario para enrolarse en la Aviación. Una noche de 1946,  contemplaba la inmensa luna, esa de la que todos hablaban en Paita.  Para él, la luna de Talara era mejor, mucho más radiante, redonda y luminosa.

A lo lejos escuchaba que su madre, Doña Petronila, lo llamaba, ya sabía que lo reprendería. Se le había hecho costumbre castigarlo.   Por “pata de perro” 1/ más de una vez, ella le pasó fuego por los pies, ni que decir de las cuerizas o latigazos por desobedecerla, llegar tarde o contestarle.   Escupía en la arena y le decía Si se seca antes que llegues con el mandado, ya sabes lo que te toca…”  Pedro corría como alma que lleva el diablo, compraba en la tienda, se daba tiempo para que le regalaran unos dulces, emprendía la carrera de regreso y llegaba con el corazón en la boca. “Te salvaste hijito, no se secó, le decía Doña Petronila blandiendo el cabresto 2/ con una mano y recibiendo con la otra los víveres.  Pedro tenía su mirada clavada en la arena, en una mezcla de asombro y satisfacción.  Años más tarde comprendería que  era imposible que cualquier líquido vertido en la arena, – con el intenso calor de la zona – no se evaporara al instante.

Ya no se divertía tanto jugando al trompo o a las bolitas, prefería el cine western y el fútbol.  Pedro era un defensa “machetero”, es decir que pegaba o derribaba al rival si este osaba enfilar al arco. Si pasa el jugador, se queda la pelota, pero ambos jamás… era su regla de oro. Al estilo romano, los churres 3/ obtenían su balón de la vejiga del toro, la inflaban a pulmón y la envolvían en trapos.  Jugaban descalzos en la arena, así  fortalecían las piernas y requerían  mayor esfuerzo en los saltos. Quizás por eso los talareños darían al Perú, los mejores jugadores de fútbol. 

Su equipo preferido era el Club Sport Blondel, por eso asistía a las prácticas de los jugadores aurinegros.  El mejor jugador en ese entonces era Humberto “Flecos” Ruesta, extraordinario portero del Blondel, que ponía alma, corazón y vida en la defensa de su equipo, principalmente cuando se enfrentaba a su eterno rival, el Liberal Sportivo.  Pedro, era su hincha.

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El arquero Humberto “Flecos” Ruesta en plena acción (1949). En esa década Pedro no se perdía ningún partido local del Sport Blondel de Talara.

La monotonía, era sólo una percepción, porque los tiempos que le tocó vivir al niño en aquella ciudad, fueron de constantes acontecimientos: los aprestos de guerra por el conflicto con el Ecuador y luego la incursión militar.  Pedro y su hermano José Ceferino corrían al lado de  la tropa peruana victoriosa que ingresaba a Talara en jeeps y camiones, regalando inmensas frutas, proveniente de las cosechas norteñas.

En medio de la Segunda Guerra Mundial eran frecuentes los apagones en la ciudad y la prohibición de encender lámparas,  ante la amenaza de un ataque aéreo nipón, que ya había dado muestras de su osadia en el Pacífico al bombardear el puerto de Pearl Harbor (Hawai-EEUU).  Siendo Talara, un centro petrolero explotado por la empresa International Petroleum Company (IPC), el gobierno estadounidense construyó allí una base aérea para proteger el recurso y garantizar su abastecimiento.  El pequeño Pedro oía el ruido de las sirenas de alerta y los motores de los aviones caza norteamericanos P47 que despegaban de la base y sobrevolaban el litoral.

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Vista del Puerto de Talara en 1947. Estudio Hollywood Ramos, Talara, Perú

Ya al término de la contienda mundial, Talara se transformaría al desarrollo. Se construirían más de dos mil viviendas, oficinas, colegios, el mercado, iglesia, una zona comercial, la refinería y otro aeropuerto para la ciudad.

Aquella noche de verano de 1946, Pedro planearía su fuga de Talara, teniendo como objetivo embarcarse para Panamá o Estados Unidos a través del puerto de Cabo Blanco, a pocos kilómetros del lugar.  Dejaría a su familia, la escuela y la ocupación que, Don José, su padre, esperaba darle.  El mismo labraría su futuro trabajando en el extranjero.  Las películas, revistas y su interacción con los gringos de la compañía petrolera, influyeron en su decisión, ya que representaban el modelo del éxito social.  Además, otros amigos mayores con los que jugaba fútbol, ya habían partido de esa forma.

 Todo el mundo hablaba de la caleta de Cabo Blanco, de los millonarios y celebridades que arribaban a sus costas para pescar los peces más grandes del mundo.  Historias fabulosas acerca de la abundancia de especies en el mar, como el Merlín Negro, el Pez Espada, el Pez Vela, el Tiburón Mako y otros ejemplares, atrajo a muchos extranjeros, principalmente norteamericanos.

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Cabo Blanco a mediados del siglo XX, era el lugar preferido para la pesca deportiva. Las especies de mayor tamaño confluían en aquel lugar. Pedro intentaría llegar a esta caleta.

El plan de Pedro era sencillo: el transporte que distribuía fruta se detenia en el mercado de Talara.  Por la tarde, cuando los choferes estuvieran almorzando, subiría a un camión y se escondería debajo de los asientos de madera o entre los cajones de  fruta.  Al llegar a Cabo Blanco, ofrecería sus servicios a las embarcaciones extranjeras o viajaría como polizonte.

Así lo hizo, arrancó el camión con el churre fugitivo, pero no arribó a Cabo Blanco. Pasó de largo la caleta y continuó hasta Tumbes.  Pedro recordó que uno de sus amigos, usando el mismo plan, terminó en el mercado de La Parada en Lima. Error de cálculo y de camión.  Pedro pasaría sin preocupaciones varios días en Tumbes: dormía plácidamente en las bancas de la Plaza de Armas, jugaba en las tómbolas, donde encontraría a muchos talareños con quienes había jugado pelota. La comida no le faltaba, pues la fruta abundaba en el lugar. Jamás salió del país.

Mientras tanto en Talara, doña Petronila desesperada lloraba la pérdida de su hijo y emprendia la búsqueda. Don José Dolores avisó a todos los comerciantes que le brindaran cualquier tipo de ayuda si lo veìan. Su hermano mayor, José Ceferino que estudiaba en Piura, revisaria los vehículos que arribaban a la capital del departamento.

Pedro, después de casi quince días regresó a su casa. A las 5 de la mañana se metió debajo de su vivienda cuyo piso estaba elevado del suelo .  Esperó que saliera su padre a trabajar, luego sus hermanas Petronila, Josefina, Juana y Mercedes con dirección a la escuela, sólo quedaba  doña Petronila, en casa. Entró a su cuarto sigilosamente y se ocultó debajo de la cama.  A las 10 de la mañana saludó a su madre. esperando lo moliera a palos.  Ella casi se desmaya del susto y  emocionada lo abrazó, besó  y lloró amargamente por largo rato.

Nunca más sería castigado.

1/ La expresión “pata de perro” se aplica a la persona que le gusta andar en la calle de un lado a otro.

2/ “Cabresto” es un látigo para arrear las mulas.

3/ “Churre” es un regionalismo que significa niño o menor de edad.

Lima, 18 de julio de 2014

 

Por los corridos de tropa

11 Jul

En diciembre de 1952 diecisiete voluntarios ingresaban a la Base de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) Capitán Víctor Montes Arias en la ciudad de Talara. Los “servidores de la patria”,  provenian de los distritos de Talara y El Alto, principalmente.

La ciudad de Talara fue un campamento petrolero, que luego vino a convertirse en una ciudad estratégica al norte del Perú. En esos años (1952) el petróleo era explotado por la empresa International Petroleum Company (IPC), que incluso poseia un aeródromo privado. En el lugar se instaló una base militar y aeropuerto administrado por la Fuerza Aérea del Perú, la cual tenía como función proteger el recurso y proceso de refinación de cualquier atentado o ataque externo. Hay que recordar que una década antes, había ocurrido la guerra con el Ecuador, país que reclamaba una gran extensión territorial.

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Ciudad de Talara, Piura, Perú. Swiss Foto “International Petroleum Co. Oil Centre”.

Los voluntarios serían ubicados en distintas áreas de la base, acorde a su experiencia técnica u oficio aprendido antes de su internamiento.  Durante el tiempo del servicio militar ellos podrían especializarse – aparte del uso de armas – como radiooperadores, mecànicos de aviación, auxiliares de oficina, etc, y acceder a los ascensos desde el grado de cabo hasta sargento segundo.

Los suboficiales de la aviación, que arribaban a la Base, provenian de Lima.  La mayoría de ellos actuaba con prepotencia con la tropa, propio de la costumbre militar.  Más tarde, los subordinados encontrarían una voz que los vengaría de sus verdugos.

En la aviación militar se editaba la revista “La Estela” que circulaba a nivel nacional, siendo el director un Técnico de Primera, que un día, escuchando los comentarios que realizaban un grupo de sargentos y cabos sobre las juergas y situaciones ridículas en las que caian algunos suboficiales, les ofreció una columna  en la revista,  para que escribieran aquellas anécdotas burlescas bajo el título “Por los corridos de tropa“.

Tenían que usar algún seudónimo, ya que las notas podían desatar la ira de algunos suboficiales con poco sentido del humor.  Decidieron entonces firmar la columna con la palabra “MAGO”, que era la unión de los apellidos de los cuatro militares:  Rolando Mackay, Pedro Abad, Santos Guerrero y Eduardo Olaya. El éxito de esta sección fue inmediato, todos comentaban y reian con las ocurrencias, chistes, destapes y hasta apodos o sobrenombres que les encajaban a los suboficiales.

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Personal de la Base Aérea Víctor Montes. El de la derecha es el Sargento segundo Pedro Abad Soto. Al fondo un avión caza de fabricación norteamericana, modelo P-47. Diciembre de 1954.

¿Quén será “el mago”?,  se preguntaban, pero ninguna sospecha recaia sobre los cuatro autores que tenían de vuelta y media a toda la aviación.   Pero, ¿quiénes eran realmente?.   Rolando Mackay Sánchez, era el “courrier” de la Base, realizaba tareas de oficina y era un excelente bailarin de mambo, el popular ritmo cubano.  El flaco marcaba un paso hacia adelante con el pie izquierdo y otro atrás con el derecho,  luego hacía el paso del cangrejo. Sus gestos, posición de brazos rígidos, cadera suelta y la velocidad con la que movía los pies con mucha energía, hacían de él todo un espectáculo. Precisamente en esas reuniones participaban los suboficiales que ni se imaginaban que el fenómeno del baile con el peinado de Tony Curtis y la facha de Tin Tan, escribía sobre ellos.

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Rolando Mackay en 1960.

El sargento segundo, Pedro Abad Soto, se desempeñaba como radiooperador del sistema Morse, no faltaba a las reuniones de camaradería, bailes al son de la vitrola y eventos deportivos.  Santos Guerrero Carrasco, hábil como ningún otro atajando balones, convertía en imbatible su valla.  Siempre le ganaban al equipo formado por los suboficiales, que  inconformes por los resultados intentanban “mandar” también en los encuentros.  Esto era  imposible, no por gusto los talareños formaban los mejores equipos del medio, superando a todos los demás del departamento. 

Esta superioridad se reflejaba también en los partidos jugados dentro de la base.  Santos Guerrero era un profesional, incluso jugaba los fines de semana en el Gaillard de Talara. Cuando ingresó por primera vez a la Base militar, fue ubicado en la carpintería de la base, debido a que en su expediente el había consignado como ocupación u oficio “carpintero”.  El capitán a cargo de esa sección le increpó:
– Pero cómo Guerrero, ¿no que eras carpintero? ¡no sabes ni serruchar!. 
– Si soy carpintero mi capitán, tengo mi diploma que lo acredita, pero nunca hice prácticas, ya que estudié por correspondencia…  Finalmente se dedicó al mantenimiento de aviones.

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Sargento Santos Guerrero Carrasco, uno de los mejores arqueros del medio. Marzo de 1954

El cabo Eduardo Olaya, tenía un parecido a Kirk Douglas, esa quijada lo ayudó para conquistar mujeres, era enamorador y su  facilidad para aprender inglés le abriría muchas puertas. Los cuatro tenían atormentados por casi año y medio a los suboficiales, que ante cualquier situación bochornosa en sus días de franco, temían ser nombrados en esta sección de la revista. Y así sucedía e incluso cuando “gorreaban” trago en sus visitas a los bares. Y es que sus consumos los pagaba el personal de tropa.  En “Por los corridos de tropa” sus nombres iban acompañados del apelativo “paracaidista” muy apropiado para aquellos que caían sin avisar y se iban sin pagar.

En diciembre de 1954, llegaron a su fin los días de servicio militar del “Mago”, la sorpresa fue total cuando esta vez la sección fue firmada con los nombres verdaderos de los militares.  Lejos de escuchar reproches, sólo recibieron abrazos de despedida y palabrotas de afecto a la usanza militar. Al salir de la Base, viajaron a distintos puntos, pero continuaban frecuentàndose.

Llegarían luego momentos trágicos, Eduardo Olaya, por sus conocimientos de inglés, consiguió fàcilmente trabajo en el aeropuerto de Chiclayo, siendo una de sus tareas anunciar los vuelos.  Murió a los 30 años en un accidente de motocicleta cuando un fin de semana regresaba a esa ciudad por la carretera desde Trujillo.   Santos Guerrero, toda una figura deportiva, arquero del club Mariscal Castilla y en la mira de la selección nacional. tendría también un accidente que lo postró a una silla de ruedas. Trabajando temporalmente en una bolichera en el puerto del Callao, le cayó en la espalda la polea que sostenía el mástil de la embarcación. Estuvo buen tiempo internado en la Clínica Santa Rosa en Lima. Luego, viajaría a su ciudad natal donde moriría después de unos años.

Rolando Mackay laboró como jefe de torneros en Lima y tenía un establecimiento en la Av. Tingo María en Breña. Luego se mudó a la zona de Collique. Finalmente, Pedro Abad trabajó como radio operador Morse en el Aeropuerto de Limatambo, Lima, pero ante la decisión de sus superiores de trasladarlo a la ciudad de Tarapoto, renuncia y labora en el Ministerio de Vivienda. Finalmente ingresa a una Compañía de Aduanas y Vapores en el puerto del Callao y establece su residencia en el distrito de Breña, donde vive hasta la actualidad.

Fue precisamente él, mi padre, quien me contó esta historia, recordando sus anécdotas del servicio militar.

Lima, 11 de julio de 2014.

Nota. Si conocen a alguno de los personajes descritos en este post, agradeceré sus comentarios.